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Las tradiciones guatemaltecas para las fiestas de fin de año suelen evocar, en la mayoría de nosotros, recuerdos de tiempos pasados, vividos en nuestra infancia bajo el techo de la casa materna.{{Justamente en días como hoy recuerdo aquella época de la infancia, en que la magia de la Navidad era capaz de desbordar mi corazón desde inicios de diciembre. Me invaden recuerdos de reuniones en la casa materna, pero sobre todo me persigue el recuerdo de mi abuela. Esa persona de tez arrugada, que tenía gusto por mis mejillas, y que a fuerza más de voluntad que de su fortaleza nos enseñaba y casi obligaba a seguir las tradiciones.{{Hoy, siendo ya mayor y quizá un tanto más maduro, me golpean en la mente esas imágenes de la familia reunida alrededor del árbol. Aquellos sabores y olores de tamales, ponche y cohetillos que marcan el fin de año.{{En la familia, la Navidad comenzaba a sentirse el 7 de diciembre con la quema del diablo. Muy temprano se hacía una limpieza a fondo sacando todas las cosas viejas, porque como decía la pícara abuela ³el cachudo se esconde en lo viejo menos en mí². A las seis de la tarde se prendía el foguerón, pero con un palito de ocote, porque si no el diablo no se iba. Mientras los pequeños jugábamos, las mujeres rociaban con agua bendita todos los rincones, para limpiar el hogar y ahuyentar bien al diablo.{{Unos días después la casa volvía a convertirse en un manicomio, con la llegada de la fiesta de la Virgen de Guadalupe el 12 de diciembre. Todos los niños éramos vestidos como indígenas en honor al ahora San Juan Diego, a quien se le apareció la famosa Virgen Morena en México. {{Ese día por la tarde el sabor de la Navidad comenzaba a desfilar por la casa con la llegada del ponche. Contaba la abuela que el ponche era una bebida mestiza, porque para su elaboración se emplean frutas tanto propias de Guatemala como algunas traídas por los españoles, por ello había que tomarla con trago blanco o piquete, para que no se nos olvidara de dónde venimos. Por supuesto los niños lo tomábamos sin alcohol.{{Las bullas de las fiestas, para nosotros los niños, comenzaban el 16 de diciembre, fecha en que dan inicio las Posadas. Éstas conmemoran el caminar de José y María por varios lugares, para pedir posada y pasar la noche. Finalmente son recibidos en un pesebre de Belén, sitio donde nacerá el niño Jesús.{{Esta celebración dura nueve días y la procesión salía de una vivienda y recorría las calles del barrio, acompañada por el tradicional ³tucuticutu, tucuticutu² proveniente de los chinchines y los caparazones de tortuga. Errando de puerta en puerta, se tocaba en distintas casas y a ritmo de un villancico se pedía posada para una noche, la petición era negada también cantando, hasta llegar a la casa asignada.{{Esta era decorada con un pequeño altar donde pasarán la noche José y María. La familia que recibe prepara ponche, buñuelos y galletas.
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| El pesebre se encontraba vacío hasta el 24. Ese día a la media noche el abuelo lo pasaba de brazo en brazo por orden de edad y cada uno pedía su deseo al niño mientras se cantaba. |
Durante el 24, las familias salían a visitar a otras que vivían en distintos barrios. La abuela ese día se ponía sus mejores galas y ordenaba que todos lleváramos estreno para las visitas. Durante todo el día se pasaba picando entre dulces y galletas, ponche y chocolate, en cada casa. Las uvas y manzanas también estaban disponibles para los mayores, que cuidaban de no comer tanto dulce.{{La gira terminaba a las seis de la tarde, hora en que había que regresar a casa. Los niños podíamos quemar cohetes mientras los adultos compartían en familia, en lo que tengo más identificado en mis recuerdos como el ambiente navideño.{{A la medianoche se inicia la quema de cientos de miles de ametralladoras, silbadores y toda clase de juegos pirotécnicos. En este momento el abuelo tomaba al niño en brazos, el cual no estaba en el nacimiento todavía, y lo pasaba de brazo en brazo, en orden de edad, hasta llegar al más pequeño de la casa quien finalmente lo colocaba en su pesebre. Cada uno le pedía su deseo al niño mientras lo tenía en brazos.{{Los niños apurábamos el recorrido para poder abrir nuestros regalos. Papeles, moñas, cartones, todo terminaba en el piso ante la impaciencia de todos. Era el único día que no miraba a mi madre enojada por el desorden y la basura. La fiesta por los regalos no tenía duración, en especial para los más pequeños que queríamos jugar con todos nuestros juguetes nuevos al mismo tiempo. {{Terminados los regalos se pasaba a comer. Una mesa decorada era marco para la tradicional cena de tamal. Había para todos los gustos, de cerdo y de pollo, rojos y negros, con chile y sin chile. No había más comida que esa, y aún hoy en día no puedo pasar una Navidad sin sentir el sabor de al menos una parejita de tamales hechos en casa.{{Con el corazón contento y el estómago lleno se intercambiaban saludos, abrazos y regalos con los vecinos. Los regalos seguían llegando y los de mejor diente no perdían oportunidad para probar cuanto tamal les ofrecían en la cuadra, en especial mi primo, que podía comerse hasta 5 tamales entre Nochebuena y Navidad.{{Pasado el bullicio de la Navidad se venía Año Nuevo, no sin antes pasar por el inevitable 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes. {{Por alguna que mi abuela tradición nunca me explicó claramente y hasta la fecha persiste en total misterio para mí, ese día en lugar de cortar la cabeza a los niños de menos de dos años, se acostumbraba a jugarle bromas a todos en la familia. Algunas eran bastante pesadas y más de una vez se dieron peleas entre familiares por esta tradición. A pesar de lo muchos bochornos que sufrí en esas fechas, con gusto volvería a aguantar las bromitas de mi primo a cambio de pasar, una vez más, las fiestas en compañía de toda la familia y en casa de la abuela, que era la única con el poder de convocar a toda la familia que cada año se divide más. Ella sí sabía vivir la Navidad.
David Durán{{Fuente: Celso Lara{Foto: Darío Morales.{Fotoarte: Sergio Espada. |