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El futuro lejos de casa

febrero - 2006


Los analistas económicos se limitan a hablar del beneficio que aportan las remesas, los defensores de los Derechos Humanos se refieren a las violaciones contra los migrantes y los que están allá presumen de sus logros tras olvidar las dificultades. Pero ¿qué pasa con la familia?

Me fui el 10 de febrero de 2001, a las 12:30” re­­cuerda Rodrigo. Él es uno de los afortunados en abordar un avión, en vez de cruzar a pie la frontera co­mo lo hacen miles de indocumentados, de los cuales 500 fallecieron y fueron encontrados el año pasado entre México y Estados Unidos. Su primer destino fue Nueva York, donde un tío lo ayudaría a conseguir trabajo.

Iba con la idea de que no sería fácil; aún así, estaba seguro de que en­contraría empleo. Después de tres meses en la Gran Manzana, con trabajo y paga ocasionales, se dirigió a Las Vegas, donde otro guatemalteco lo apoyaría. Todo parecía ir bien, pero la suerte terminó cuan­do el amigo comenzó a propagar rumores sobre una supuesta infidelidad de Rodrigo, y los comentarios llegaron hasta su esposa en Guatemala.

Rodrigo se trasladó a un par de ciudades más en busca de un trabajo fijo que le permitiera ganar los dólares necesarios para responder a las necesidades de su esposa y su hija de dos años. Entre decepciones, abusos de las agencias de empleo, discriminación, hambre, noches que pasó literalmente en el piso; así como frecuentes viajes en tren, largas jornadas de trabajo y la búsqueda de los dólares necesarios para subsistir y enviar, transcurrió un lustro.

Mientras él se afianzaba en tierra extranjera, su familia quedaba en el aire. Le dolía que su hija se negara a hablarle por teléfono. Así que decidió regresar en diciembre del año pasado, sin saber exactamente si se quedaría o iría nuevamente tras el sueño americano.

Con una que otra variante, esta historia se repite miles de veces en todo el país. Muchas personas conocen el caso de un familiar, un amigo o quizás, tienen su propia experiencia. La emigración se ha convertido en un fenómeno cada vez más común. Existen muchas formas de hacerlo, pero cuando se habla de trabajadores migratorios internacionales, como en este caso, se hace referencia a personas que buscan oportunidades de trabajo y mejor remuneración, explica Carol Girón, del Instituto Centroamericano de Estudios Sociales, Incedes.

Conservar la unión en la distancia

Cuando el padre o la madre dejan a la familia para ir en busca de mejores opor­­tunidades, cambia por completo la rutina en el hogar. Algunos hablan de un nuevo modelo, que impone retos para cada uno de los miembros. Por ejemplo, el doble rol que debe cumplir quien quede a cargo. “Nos asombra ver cómo el vínculo familiar es tan fuerte que algunos logran mantenerse unidos por varios años, comunicándose ya sea por cartas, Internet o teléfono”, asegura Girón.

Sin embargo, otros estudiosos de la familia se refieren a este distanciamiento como un camino casi seguro a la desintegración del ho­­­­gar. “La ausencia de los progenitores afecta más durante los primeros años de la niñez, por la for­­­mación de la personalidad, que en la adolescencia, cuando el joven está más interesado en otras cosas y está dispuesto a negociar la ausencia de papá”, explica Walter Meneses, coordinador del Proyecto Vida en Abundancia.

Una forma de luchar contra la distancia, de acuerdo con Meneses, es la constante comunicación basada en afecto, mediante la viva voz y el contacto que, en este caso, se limita a lo material. El especialista recomienda a los progenitores comunicarse por lo menos una vez en el día para que la ausencia del padre o la madre no afecte el desarrollo psicoemocional del infante, lo que se reflejaría en inseguridad, falta de identidad y baja autoestima, aun cuando la figura paterna sea sustituida por otro familiar.

El experto indica que cuando la ausente es la madre, tendencia que en países como El Salvador y Honduras va en aumento, se afecta más el equilibrio emocional de los hijos. Esto se explica porque las mamás influyen en las áreas de confianza, amor y comunicación. Rodrigo, cuyo testimonio narramos al inicio, recibió este consejo a tiempo y le sirvió para que su hija, ahora de siete años, reconociera su voz y sus palabras cuando se reencontraron. Aún así, la niña se niega a comentar respecto al tiempo que estuvo ausente su papá y lo que sintió cuando lo vio de nuevo. Para ella, lo que importa es el presente: cocinan juntos y él la ayuda a hacer sus tareas. “Cuando le preguntamos a un niño qué es lo que desea de su papá, la mayoría responde: verlo, jugar con él o ver televisión juntos”, ex­­plica Meneses. Por eso, el psicólogo re­­comienda a los padres sembrar en los niños esperanza. “Si un menor de edad confía en que vivirá momentos me­­jores junto a sus progenitores, el da­­ño emocional se reduce a un mínimo porcentaje”, asevera.

De no existir esta comunicación, motiva­ción, afecto, voz y contacto, lo que se co­­­­­­­­­­­noce como inteligencia emocional, el niño o adolescente suele aislarse. Y va­­rios estudios sociológicos han demostrado que un mal manejo de esta sensación de vacío lleva a conductas negativas.

De acuerdo con la encuesta realizada por la OIM, el 88.6% de los esposos y esposas residentes en Estados Unidos, envía remesas a sus familias en Guatemala.

Sin maletas, rumbo al Norte

En otros casos no menos frecuentes, los niños cuyos padres han emigrado suelen sufrir maltrato al quedar bajo el cuidado de abuelos o tíos. De hecho, la violencia intrafamiliar y pobreza son los principales factores de la migración de menores de edad, como lo observa el padre Mauro Verzeletti, director de la Casa del Migrante en Guatemala.

Por el trabajo que realiza en las fronteras, ha visto niños y niñas desde 10 años que, sin dinero en los bolsillos, deciden cruzar la frontera para ir en busca de su papá que “está en el Norte”, repite. Señala que el año pasado, las autoridades estadounidenses deportaron 50 mil menores de edad, que para cumplir su objetivo han pasado hambre, dormido en las calles, sufrido maltrato, robo, engaño, violación y en el caso de las niñas, principalmente, han sido reclutadas para prostituirlas.

Los expertos opinan que este fenómeno no se detendrá mientras las nuevas generaciones sigan percibiendo la emigración como la mejor opción para su desarrollo. “Tienen el ejemplo de la persona que fue allá: no estudió, pero aún así construyó casa y tiene carro. Por eso muchos jóvenes se van”, comenta González.

Sin embargo, mientras las remesas adquieren mayor importancia, “la fuga de cerebros, la fuerza laboral, la identidad, los futuros políticos, profesionales y empresarios, representan una pérdida más grande para Guatemala”, señala Verzeletti, quien pone en una balanza el supuesto intercambio de beneficios.

¿Aún somos pareja?

Cuando a las cónyuges de los emigrantes se les pregunta sobre su estado civil, el 50 por ciento duda en responder: casada, unida, divorciada o separada, según una encuesta realizada por la Organización Internacional para las Migraciones, OIM. Este dato coincide con el estudio realizado por Patricia Arredondo, catedrática de la Universidad de Arizona y reconocida por su trabajo en la consejería de grupos de latinos en Estados Unidos, quien señala que los centroamericanos casados reportan el mayor porcentaje de inmigrantes con esposas ausentes.

La clave para conservar la unión de la pareja en estos casos es tener una meta clara, asegura el psicólogo Meneses. “Si la persona tiene claro que va a buscar bienestar, prosperidad y estabilidad económica, lo demás es distracción. La necesidad sexual es sustituida por esa meta”, explica.

El sufrimiento por la separación, que lo experimenta tanto el emigrante como su familia, es conocido como el síndrome de Ulises. Aunque en algunos casos puede ser tan letal como la depresión, se caracteriza principalmente porque existe profunda tristeza pero también esperanza, explica Karelia Ramos, psicóloga con especialidad en sexología y temas migratorios.

A diferencia de la depresión que se experimenta por la pérdida de un ser querido, en este caso no se pierde el deseo de seguir adelante ni el sentido de la vida, sino se padecen ciclos donde hay cambios bioquímicos en el organismo que producen tristeza y pueden afectar el comportamiento sexual. “En muchos casos no hay apetencia”, agrega Ramos.

Indígenas más estables que ladinos

Lo que se ha observado es que las parejas más fieles son aquellas que pertenecen a grupos mayas, mientras que los casos de infidelidad se registran con mayor frecuencia entre ladinos. Meneses argumenta que esto sucede porque “en el campo existe menos bombardeo de sexo y son personas psicológicamente más sanas”.

Por otro lado, Ramos observa que la cultura indígena es muy fuerte. “Hay lugares en Estados Unidos, donde viven comunidades mayas y es como estar en un pedazo de Guatemala porque no cambian sus costumbres, sus trajes ni su alimentación. Es interesante observarlo a través de la historia del país”.

“Otro aspecto importante es que los indígenas son muy celosos de mezclarse con otros grupos, por lo que son fieles al objetivo y mantienen el vínculo”, indica González. Pero la socióloga también observa que en estas comunidades, la esposa y los hijos suelen quedar bajo la disciplina de los abuelos paternos. De esta manera, los padres del esposo emigrante controlan la vida social de la nuera. Si ella contrae otra relación de pareja, deja de recibir recursos, “está condicionada por el orden comunitario”, señala la analista de Incedes.

Relaciones sanas y a distancia

Una característica común en los latinos es la desconfianza, “vemos micos aparejados por todos lados”, indica Meneses. La confianza es una pieza clave en la construcción de una relación duradera de pareja. Esta se puede fortalecer mediante “la comunicación, el contacto material o visual y una meta clara”, reitera.

Es importante no confundir esa comunicación con una forma de ejercer codependencia, de lo cual también se dice que padecen los latinos. Para Arredondo, el “familismo”, como le ha llamado a esta conducta, es la necesidad de sentirse cerca de la familia a pesar de los cambios culturales que adquiere el inmigrante en Estados Unidos. Lo asocia con una característica absolutamente cultural, traducida en la preocupación por el crecimiento de los niños, proveer ayuda económica y emocional, así como participar en todas las decisiones que toma el resto de la familia, aunque ésta se encuentre dividida.

Este comportamiento es señalado por algunos psicólogos norteamericanos como codependencia. Meneses coincide, pero señala la diferencia entre esta conducta patológica y la responsabilidad que tiene el padre o la madre. “Es responsabilidad del padre comunicarse una vez al día y preguntar cómo estuvo la jornada, pero se vuelve algo enfermizo si llama por la mañana, por la tarde o hay reclamos porque la persona no se encontraba pendiente al otro lado del teléfono”. De hecho, que el esposo emigre para mantener a la pareja y no dejarla trabajar, es una conducta que el psicólogo califica como codependencia.

Emigrar a Estados Unidos u otro país en busca de mejores oportunidades, es una experiencia que pone a prueba a las personas: sus valores, la importancia que le dan a la familia y al bienestar material. No se puede generalizar el éxito, el fracaso ni los sacrificios.

Por experiencia propia, Rodrigo recomienda “pensarlo bien porque duele dejar a la familia”. Para Susana, su esposa, el sacrificio valió la pena, aunque tampoco olvida lo mal que se sintió en las madrugadas cuando debía correr sola al hospital con su hija enferma de asma. Esta pareja aún no tiene claro su futuro. Quedarse juntos y abrir un negocio es una opción tan posible como el separarse de nuevo y que Rodrigo regrese a Estados Unidos en busca de trabajo. Lo cierto es que, a pesar de los costos emocionales y mientras resuelven sus necesidades económicas, esta familia como muchas otras ejerce el derecho de emigrar y, al mismo tiempo, el derecho de no emigrar establecido desde el inicio de la humanidad.





































































Alejandra Cardona

Fuentes: Carol Girón, de Incedes, teléfono: (502)2440-7857. Karelia Ramos, correo electrónico: kareliaramos@hotmail.com. Walter Meneses, del Proyecto Vida en Abundancia, teléfono: (502) 5586-2195. Padre Mario Verzeletti, de Casa del Migrante, teléfono: (502) 2474-3359. Encuesta sobre Emigración Internacional de Guatemaltecos, realizada por la OIM. Counseling Latinos and la familia, A practical guide, de Patricia Arredondo.

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