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Dar sin esperar a recibir no es igual a permanecer con alguien a quien le dedicas tiempo, cariño y atención, sin una retroalimentación que te estimule a dar más amor. Si empiezas a sospechar que las palabras, gestos, gritos o abusos de tu pareja no te motivan a superarte y a tener una mejor relación, es preciso que tomes una decisión al respecto.
Hace unos años conocí a una mujer de rasgos finos quien, de no ser por su baja autoestima, hubiera podido ser modelo. Ella jamás se veía así en el espejo. Su panorama se limitaba a las dimensiones corporales de su compañero. Por eso al llegar a la oficina cada mañana, lo llamaba para decirle que ya había marcado tarjeta, se hablaban cinco veces en el día, parecía que él hubiera instalado una cámara en el cubículo de ella, pues estaba enterado con quién se relacionaba y, por supuesto, la hora en que salía. Si se atrasaba cinco minutos, empezaban los insultos y un leve golpe. Si ella demoraba más, el maltrato físico iba en aumento. Ella creía comprender su forma de ser y juraba amarlo así. Había sido una estudiante brillante y era eficiente en su trabajo, pero desde que estaba con él, había olvidado ir a la universidad, se dedicaba a servirlo y juntos miraban las telenovelas de la noche.
Recordé su caso cuando escuché el testimonio de Marta, una mujer joven que se casó con un hombre 14 años mayor que ella. La sobreprotección de su familia, la ilusión y la organización de la boda no la dejaron ver al verdadero hombre con quien enlazaría su vida. Un año después de celebrar nupcias, se hizo evidente que él tenía problemas con el alcohol, empezó a insultarla y los empujones pasaron a golpes.
Pero la situación de esas mujeres, cuyas vidas parecían estables, no es la única. Conozco por lo menos cuatro parejas jóvenes, en la etapa de noviazgo, que en un momento de cólera se han gritado, arañado y pateado. ¿Alguien apuesta que tendrán una relación sana, feliz y duradera si se casan o se unen?
Las estadísticas nacionales reflejan que en 2003 se presentaron 4,700 denuncias por parte de mujeres víctimas de violencia intrafamiliar. Los principales agresores fueron los esposos (2,082) y los convivientes (1,625). Y aunque muchas otras mujeres no se atrevan a llevar su situación a tribunales, muchas afirman que hubieran deseado que su suerte fuera diferente.
Pero más que tener suerte en el amor se trata de abrir bien los ojos, como lo explican los terapeutas familiares, psiquiatras y hasta las mismas víctimas. Para no sufrir violencia doméstica “se debe aprender a compartir más en el noviazgo, conocer a fondo a la familia porque es un error creer que una no se casa con ella. El hombre sigue el patrón del papá y el futuro depende de cómo el señor trate a la mamá”, sugiere Marta.
Para Luis Pedro Velásquez, terapeuta familiar, estos casos se resumen en la atracción de un dominante y una sumisa. “El primero parece muy masculino, la gente dice ‘tiene su carácter’; y la sumisa se confunde con ser ‘buena gente’, siempre está dispuesta para ir al cine o al teatro, todo le gusta y nunca se opone”.
La advertencia antes de llegar al matrimonio o la unión libre es no confundir con cualidades, las características de un agresor en potencia y de su víctima. El control que ejercen los jóvenes es muy sutil en el inicio, preguntas como adónde vas, con quién estás o las constantes llamadas por teléfono celular no son muestras de galantería, sino señales de que algo anda mal, indica Giovanna Lemus, del Grupo Guatemalteco de Mujeres, miembro de la Red de la No Violencia contra la Mujer.
Como dirigente de este grupo, que ofrece acompañamiento a féminas agredidas, ha visto cómo las frases mencionadas se convierten en un acoso que llega a impedir física o emocionalmente que las mujeres tengan fuerzas para buscar ayuda o las lleva a encontrar la muerte.
Para que tengas más claro el rol que cada uno juega en estas relaciones enfermizas debes conocer las características y conductas típicas de la víctima y su agresor. La persona que permite la agresión, por lo general ha sufrido abuso durante su niñez, ha perdido la capacidad de tomar decisiones, suele aislarse por coacción de su pareja, evita la comunicación con la familia y amistades. Justifica y encubre la acción de su compañero al extremo que después de ser agredida siente lástima por sí misma, considera que nadie más puede quererla y se conforma con el conviviente que, en los mejores casos, se encarga de cubrir los gastos de la casa.
La situación se refuerza si antes de casarse o unirse la mujer ha recibido mensajes como: “Ambos tienen que poner de su parte”, “si uno es agua, el otro tiene que ser fuego”, o “el matrimonio es para siempre”, advierte Marta, quien encontró estas respuestas cuando acudió a su familia en busca de ayuda ante el primer golpe.
Por su parte, el agresor es una persona cuyos padres tienen algún vicio o problemas psicológicos no resueltos, creció en un ambiente violento o casi en abandono y/o sufrió un episodio traumático durante su niñez, indica el psiquiatra Walter Meneses.
El agresor actúa de forma inconsciente porque sigue un patrón de conducta aprendido, pero al negarse a su situación de neurótico compulsivo y a recibir ayuda, está consciente del problema. Este tipo de persona aprendió equivocadamente que tiene que mandar para ejercer la función que le corresponde en el hogar y cree que debe hacerlo con golpes o castigos: cuando mi papá se enojaba, pateaba, maltrataba y lo hacía a cada rato; entonces cuando me enojo yo también maltrato y pateo. Al recibir la terapia adecuada el victimario sabe canalizar sus emociones y cumplir su rol sin agredir a la familia, explica Velásquez.
De acuerdo con los profesionales en psiquiatría y consejería familiar, un agresor puede cambiar su conducta. Es más fácil antes del matrimonio porque si las personas intentan ser objetivas, pese a los efectos del enamoramiento, pueden hacer un balance de cuánto dan y cuánto reciben, reflexionar qué futuro quieren, analizar si tienen los mismos sueños y creencias. La mujer se siente más libre para no ceder ante los golpes o las falsas promesas y, el hombre, más motivado a cambiar.
Esto no sucede en el matrimonio o la unión libre ya que las mujeres, en su mayoría, tienen hijos y dependen económicamente del cónyuge. En 4,650 casos registrados por el Instituto Nacional de Estadística, 3,013 féminas no tenían empleo. De éstas, 666 tenían un hijo o una hija en comparación con 183 que aún no eran madres. Esta situación es bien conocida por Marta, quien recuerda que al poco tiempo de casarse quedó embarazada. Este acontecimiento y la muerte de su padre contribuyeron a que se refugiase en su esposo y alimentara la esperanza que cada año fuera menos violento. Sin embargo, “iba aprendiendo a llevar la situación, me fui acomodando y anulándome, por el bien de mi bebé”, asegura.
A pesar de que abundan los ejemplos negativos, los expertos afirman que tras años de convivencia y aun cuando haya violencia, si existe buena voluntad, el agresor y la víctima pueden cambiar. Para ello la primera recomendación es la comunicación. Plantear el problema, sugerir una terapia o preguntar a la pareja cuáles son sus propuestas.
Si no existe esa voluntad por parte de ambos, conviene la separación. En estas circunstancias es recomendable que la mujer se acompañe de personas que hayan pasado por una experiencia similar y busque buena asesoría -soporte emocional y orientación legal-. “Al pedir consejo rompí con la vergüenza porque decía ‘todo está bien’, refiriéndome a lo material, pero ahora estoy reencontrándome”, comenta Marta, quien después de 15 años de agresión tomó la decisión de dejar a su esposo al enterarse que tenía otra compañera.
La sugerencia de los terapeutas familiares ante la primera señal de agresión no es terminar la relación, sino hacer un alto y reestablecer el rumbo. Si te encuentras en una situación así y aunque te consideres una mujer muy tolerante, hay momentos en los cuales vale la pena ser determinante. En tus manos está tu futuro.
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Para algunos profesionales de la conducta humana la agresión empieza con la indiferencia y los gestos, se hace más evidente cuando hay gritos y malas palabras, y es innegable con los golpes que pueden llevar a la muerte. Para pasar de un grado al otro, Luis Pedro Velásquez, terapeuta familiar, explica que se experimenta el desarrollo de la cólera, entendida ésta como una emoción. Existen diferentes niveles de cólera, el más bajo es el que causa malestar, pero aún se es capaz de decir a la pareja que se le quiere; se continúa con el que lleva a romper la comunicación y a tomar la decisión de no hablarse hasta el día siguiente; y su grado máximo es el que lleva a perder los estribos y hace que la persona reaccione lanzando un florero o dando una patada.
Pero la agresión física no es la única forma de ejercer violencia. De acuerdo con las víctimas, el mayor daño es el emocional, el cual se caracteriza por insultos y humillaciones que llevan a la desvalorización e inseguridad de la mujer. Esta violencia va implícita en los golpes, en la destrucción de bienes -ropa, instrumentos de trabajo u otras pertenencias- conocida como violencia patrimonial, y en las amenazas de arrebatamiento de los hijos, es decir violencia social.
Tanto el agresor como quien se deja agredir son personas que no saben controlar sus emociones, tienen problemas de autoestima y necesitan fortalecerla para cambiar su conducta, afirma Velásquez.
Cada vez es más común encontrar personas con baja autoestima, a pesar de que la buena autoimagen, autoestima, autoconfianza y un buen autoconcepto son esenciales para el equilibrio emocional y físico, tener un rendimiento satisfactorio y una mejor calidad de vida, indica Walter Meneses, psiquiatra. En este sentido, las recomendaciones para tener una relación saludable consigo misma y evitar caer en las redes de un agresor son:
Trabajo individual
Para Luis Pedro Velásquez, terapeuta familiar, la mejor forma de fortalecer la autoestima es mediante el esfuerzo propio al poner en práctica cada día las siguientes costumbres operativas o virtudes cardinales:
• Prudencia: para no llegar a altos niveles de agresión, y ser capaz de controlar tu cólera.
• Justicia: para ser honesta y aceptar la parte de culpa que te corresponde.
• Fortaleza: aprender que tu fuerza está en lo que vales como persona y no en lo que llevas puesto.
• Templanza: No dejarte caer por nada, conservar tu integridad y dominio propio.
Trabajo en pareja
Walter Meneses, psiquiatra, recomienda conservar la individualidad de manera que enriquezca la relación en pareja. Para ello:
• Vístete para ti misma.
• Siéntete orgullosa de quien eres, no por tu profesión o pertenencias.
• Ama lo que tienes. Empieza por valorar tu vida y a la pareja que tienes. Es un error hacer comparaciones y lamentarse todo el tiempo por las bendiciones de otras personas.
• Aprende a comunicarte. Para eso es importante estar dispuesta a escuchar y tener una actitud de apertura al diálogo libre, es decir, atrevido, indiscreto y desprendido.
• Sé asertiva. Especialmente cuando es necesario decir “no”, pues ceder en todas las situaciones puede poner en riesgo la seguridad en ti misma.
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Para presentar una denuncia por violencia intrafamiliar no es necesario que tengas las heridas expuestas en el cuerpo, puedes hacerlo si eres víctima de maltrato, coacción o amenazas. La denuncia debes hacerla en cualquiera de las siguientes instituciones:
A nivel nacional:
En la estación de Policía Nacional Civil más cercana.
En tu localidad:
• Bufetes populares.
• Ministerio Público.
• Juzgados de familia y juzgados de turno.
• Procuraduría de los Derechos Humanos.
• Procuraduría General de la Nación.
En la ciudad capital
• Bufetes populares: Universidad San Carlos de Guatemala, 9a. Avenida 9-39, Zona 1. Teléfonos: (502) 2232-2448 y 2238-0119. Universidad Rafael Landívar, 13 Calle 2-73, Zona 1. Teléfonos: (502) 2238-4191 y 2251-0396.
• Procuraduría de los Derechos Humanos. 12 Avenida 12-72, Zona 1. Teléfonos: (502) 2424-1717 y 2424-1795.
• Procuraduría General de la Nación: Unidad de Derechos de la Mujer. 15 Avenida 9-69, Zona 13. Teléfono: (502) 2248-3200, extensión 214.
• Policía Nacional Civil. Estación de policía más cercana. Teléfono de emergencia: 110.
• Ministerio Público: Oficina de Atención a la Víctima y Denuncias permanentes. 15 Avenida 15-16, Zona 1. Teléfonos: (502) 2411-9191 y 2411-3181.
Alejandra Cardona
*Nombre ficticio.
Fuentes: Walter Meneses, psiquiatra de Proyecto Vida en Abundancia. Luis Pedro Velásquez, terapeuta familiar del Instituto de Capacitacióny Desarrollo. Giovanna Lemus, de Grupo Guatemalteco de Mujeres,miembro de la Red de la No Violencia contra la Mujer. Estadísticas deViolencia Intrafamiliar 2003.