Protagonistas![]() |
Tenía 15 años de casada cuando mi esposo empezó a engañarme con otras mujeres, lo cual causó inseguridad en mi hogar. De repente comenzó a frecuentar a una en particular. Yo pensé que era una relación como las que habitualmente sostenía, pero para mi sorpresa fue más que una simple aventura.
A raíz de mis reclamos por infidelidad, empecé a ser víctima de violencia. Recuerdo el día que me golpeó tanto, me fracturó las costillas y me rompió la nariz. Sin embargo, a pesar de la situación yo lo seguía amando y luchaba para revivir la chispa que nos unió tantos años.
Un día el rumbo de nuestras vidas dio un giro. Mi esposo enfermó y comenzó nuestra odisea económica. Gastamos mucho dinero en la búsqueda del diagnóstico de su enfermedad, se pensó que era cáncer, incluso, se le hizo la prueba de VIH y salió negativa, pero seguía con malestares: fiebres, diarrea y pérdida de peso.
Tiempo después, parecía que el destino me llevaba a encontrar las respuestas a todas mis incógnitas. Un día fui con mi ginecólogo y se me ocurrió pedirle una prueba rápida de VIH sin pensar jamás lo que iba a encontrar. Cuando la prueba dio positivo, mi reacción fue de enojo, hasta insulté al médico y le dije: “¿Por qué a mí? No, eso no me puede pasar, yo soy fiel”. Ante mi estado de ánimo, el doctor me mandó a hacer la prueba ELISA y volvió a salir positivo. Como último recurso se me realizó la Western Blot, por medio de la cual se confirmó que soy una persona con VIH.
En ese momento sentí que se me juntaba el cielo con la tierra, mis hijos están muy pequeños y me preocupaba pensar quién cuidaría de ellos. Lloré mucho. Cuando le di la noticia a mi esposo, su reacción fue escudarse y echarme la culpa, acusándome de haberle sido infiel. Sin embargo, su culpabilidad se pudo comprobar fácilmente al hacer un recuento de CD4 -células del sistema inmunológico-. El resultado demostró que yo estaba en fase de SIDA con 970 CD4 y a él sólo le quedaban 79. Era claro, yo acababa de ser infectada.