Mujer TotalNo te resignes a entrar en la liga de mujeres frustradas que viven bajo el lema “todos los hombres son iguales”, ni empujes a tu pareja a aceptar como cierta la idea de que “es imposible entender a las mujeres”. Aprender a reconocer tus propias fallas y cifrar expectativas reales sobre tu pareja es el mejor principio para construir una relación en la cual imperen el amor, la comprensión y la tolerancia. 
Dicen que felicidad es tener con quien compartir la vida; pero también puede ser motivo de conflictos, frustraciones y desequilibrios psicológicos. Por naturaleza, hombres y mujeres asocian su dicha o infelicidad a las relaciones amorosas. El problema, dicen los expertos en conducta humana, es que la mayoría se lanza a la aventura sin tener conocimiento suficiente acerca de sí mismo, del otro y de las razones que hacen a hombres y mujeres pensar y actuar de forma diferente. Sobre este desconocimiento se construyen falsas expectativas, las cuales dejan corazones rotos y dolorosas separaciones.
Comenzando por lo básico, es preciso recordar que, por alguna razón, la naturaleza dotó a las mujeres de varios millones de conexiones entre los dos hemisferios cerebrales más que a los hombres. Estas conexiones unen regiones encargadas de reacciones emocionales y racionales. De ahí la dificultad de las mujeres para procesar información y experiencias, sin incluir un componente emocional. En el cerebro masculino los procesos se dan de forma separada: para ellos algo es emocional o es racional.
Si a esta realidad se añade el hecho de que cada miembro de la pareja proviene de diferentes contextos familiares y sociales, posee diferente educación, experiencias y costumbres, es más fácil aceptar que los conflictos son inevitables. Entender esto puede ayudarlos a anticipar problemas y a encontrar su propia fórmula del éxito en pareja.
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Ana María Jurado y Antonio Pinto, psicólogos clínicos con experiencia en orientación de parejas, enumeran algunos de los reproches que con frecuencia hombres y mujeres expresan en sus respectivos consultorios: “él se queja porque ella ha perdido el deseo sexual, se mantiene de mal humor, dedica mucho tiempo a su familia -original-, no lo atiende, y gasta mucho”, señala Jurado. Por su parte, las mujeres reclaman porque él no asume el compromiso, no tiene detalles, pasa mucho tiempo frente a la computadora o el televisor y no se comunica. “Dicen: él ya no me quiere porque no me presta atención, piensa que lo sabe todo, es desordenado a morir, no me da dinero y creo que me engaña con otra”, refiere Pinto.
Basados en estos temas de discusión, los expertos ofrecen algunas recomendaciones que pueden ayudar a encontrar puntos de conciliación:
El tema sexual
En su concepción idealizada, la mujer espera que el hombre la conquiste todos los días con detalles románticos, mientras él desea que ella esté siempre dispuesta para la acción. “Aunque las mujeres pueden ser tan sexuales o más que los hombres, en general ellos las superan y tienen problemas porque cuando desempeñan muchos roles tienden a perder interés y a relegar la sexualidad”, indica Jurado, quien sugiere mantener una comunicación abierta, para expresar con claridad lo que cada uno desea en el plano sexual. Esta comunicación debe basarse en el objetivo de conocer las necesidades del otro y lograr acuerdos, incluso, en términos de frecuencia, forma y lugar para los encuentros sexuales. Reservar tiempo para dedicarse el mimo mutuo -dentro y fuera de la casa- contribuye a conservar vivo el deseo.
La bendita comunicación
“Las mujeres buscan el detalle del detalle; los hombres son más prácticos y buscan solución a los problemas. Ella espera que él responda emocionalmente y él dice ‘¿qué podemos hacer?’”, ejemplifica Jurado. Ed Young, autor del libro Los 10 mandamientos del matrimonio, compara esta realidad con la dificultad que enfrentan dos personas que hablan un diferente idioma. Para entender al “extranjero” que se tiene como pareja, sugiere: hablar con precisión y tacto, evitar arrebatos de ira y “el tratamiento del silencio”; escuchar con atención, utilizando los oídos y la vista. Además tratar de descubrir si es una persona auditiva, visual o sensible. El autor enfatiza la importancia de que cada uno se asegure de que el otro sabe cuánto le ama.
Otra vez, el dinero
Que si ella gasta en tonterías -porque al comprar también involucra lo emocional-, que si él se ha vuelto un tacaño y le pide cubrir la mitad del presupuesto familiar, aunque ella gane menos. Es ideal que cada uno haya aprendido a manejar un presupuesto individual y logren acuerdos para manejar las finanzas conjuntas de manera inteligente. “No existe una fórmula única, pero sí lineamientos básicos, como tener un presupuesto”, dice Jurado. Eduardo Palacios, experto en el tema, sugiere crear un fondo común para cubrir gastos de funcionamiento y dividir el superávit en porcentajes acorde con lo que cada uno aporta. Algunas parejas optan por dividir gastos, responsabilizándose cada quien por ciertas categorías. Jurado y Pinto instan a no caer en el error de “cobrar facturas” negándose a la actividad sexual o de pretender “cuotas de poder” por el monto que se destina al presupuesto.
¿Quién manda a quién?
Aún es frecuente escuchar que se identifique al hombre como “jefe de familia”, pero esta idea está siendo desplazada a medida que se instala un nuevo patrón familiar, cuya base es la igualdad de derechos, responsabilidades y oportunidades. “La lucha de poder es latente en todo momento (...) porque todavía persiste esa relación en la cual el hombre dice ‘soy el macho porque soy el proveedor y tengo derecho de exigir’”, comenta Pinto. “Esto ocurre porque muchos hombres vienen de hogares en los cuales la mamá disponía que las mujeres tenían que atender y servir a los varones”, agrega Jurado. Los psicólogos proponen que la atención y el servicio se den en ambas vías, lo cual implica seguir en casa un sistema de tareas compartidas. De igual forma, las decisiones importantes deben ser resultado de una comunicación asertiva mediante la cual se clarifiquen tanto los objetivos conjuntos como los individuales.
Los padres y los suegros
Culturas como la guatemalteca fomentan una fuerte dependencia emocional y económica de los hijos hacia los padres, de tal cuenta que, aun habiendo iniciado una vida en pareja, tienden a recurrir constantemente a los papás en busca de consejo y ayuda. Los hombres se quejan porque la mujer habla muy a menudo con su madre, y muchas protestan por tener que pasar los fines de semana en casa de los suegros. Aun en frases como “tú no cocinas como mi mamá” o “deberías ser como mi papá” la familia original está presente en los conflictos, dice Pinto. Young enfatiza la importancia de cortar el cordón umbilical, así como el cordón del consejo y el económico ya que la dependencia en estos sentidos favorece intromisiones e impide la madurez de la pareja. No se trata de menospreciar un consejo oportuno, sino de no acudir a los padres para ventilar problemas de la relación, pues difícilmente éstos podrán pensar y opinar sin tomar partido.
La disposición de comprender y tolerar las diferencias no es suficiente cuando se trata de una falta mayor, como un acto de infidelidad. Al analizar el tema, los expertos señalan que tanto hombres como mujeres pueden cometer un acto de traición en contra de la pareja por los mismos motivos. No obstante, ambos son afectados de manera distinta: a ellas nada puede demolerlas emocionalmente más que saber que su compañero se ha enamorado de otra mujer; mientras que ellos ven menoscabada su masculinidad al saber que su pareja ha tenido relaciones sexuales con otro hombre.
“Aquí están implícitas una ofensa y una decepción muy grandes, y suele ser más difícil superarlo para el hombre”, dice Ana María Jurado. Para perdonar, “la voluntad no es suficiente -agrega Antonio Pinto-; para ser auténtico, el perdón no debe basarse en factores externos, es decir, en razonamientos tales como ‘debo perdonar por mi seguridad económica, por el bienestar de mis hijos o porque mi papá y mi mamá se morirían’”. De acuerdo con el psicólogo, antes de decidir si perdona o no, la persona debe ser “reconstruida” emocional y psicológicamente. Este proceso incluye la exteriorización de cólera y sentimientos de culpa, y una profunda introspección.
Una vez recuperado el equilibrio emocional y psicológico, la persona podrá perdonarse a sí misma, decidir si disculpa al ofensor y si continúa o no la relación. Cuando no ha existido este proceso, un acto de perdón puede obedecer a un autoengaño y será difícil sostenerlo en el tiempo, indica Pinto. Ante una crisis de esa naturaleza, es recomendable buscar ayuda profesional.
Por Lili Beteta
Fuentes: Ana María Jurado, psicóloga del Instituto de Psicología Aplicada, Ipsa. Antonio Pinto, psicólogo clínico. Libro: Los 10 mandamientos del matrimonio, de Ed Young, Editorial Unilit.