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Desnutrición y violencia son las principales causas de muerte en niños, niñas y adolescentes. De éstas se desprenden otras aparentes justificaciones para perder la vida como neumonías, infecciones gastrointestinales, traumatismos por maltrato infantil, enfrentamientos entre pandillas y trabajos riesgosos. Sin embargo, todas estas situaciones se podrían prevenir y está en manos de toda la sociedad evitar una muerte más.
Sin duda has escuchado y leído mucho sobre el femicidio y a diario las noticias reportan las muertes de hombres adultos. Pero también los menores de edad están siendo afectados por la crisis económica y la violencia que impera en el país. En los primeros cinco meses del año el Instituto Nacional de Ciencias Forenses, Inacif, registró la muerte de más de 700 infantes, un promedio de cuatro o cinco al día.
Pero más que las cifras, lo impactante es que la mayoría de esas muertes se pudo evitar si se respetaran los derechos de la niñez, establecidos en la Constitución de la República, la Convención de los Derechos del Niño, la Ley de Protección Integral de la Niñez y Adolescencia, la Ley para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia Intrafamiliar, y otro conjunto de normas con el mismo fin.
Sin embargo, Guatemala ocupa el primer lugar en índices de desnutrición en América Latina. En 2002, cinco de cada diez niños padecían de desnutrición crónica. Juan Aguilar, secretario de Seguridad Alimentaria y Nutricional, indica que la desnutrición aguda no es en sí la causa principal de muertes en niños menores de cinco años, pero ésta contribuye del 40 al 50 por ciento en defunciones por complicaciones como neumonías y diarreas.
La desnutrición y la mala higiene provocan las infecciones intestinales, con lo cual los niños y las niñas se deshidratan. Consecuentemente hay un descontrol hidroelectrolítico, lo que quiere decir que se descompensan todos los nutrientes, especialmente calcio, fósforo y potasio. Esta puede ser la causa de una parálisis del movimiento intestinal normal y, posteriormente, la muerte, explica Felipe Ovalle, médico del Departamento de Defunciones, del Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social. Para una persona que no tiene conocimiento en medicina puede parecerle que la criatura sólo está decaída, pero en realidad necesita atención inmediata, agrega.
Las causas de esta desnutrición pueden ser: una mala nutrición de la madre, corto espaciamiento entre embarazos, control prenatal inadecuado, bajo nivel de escolaridad de la madre, práctica inadecuada de lactancia materna, introducción tardía o muy temprana e insuficiente de la alimentación complementaria, falta de saneamiento básico y de agua segura, pobreza y las mismas enfermedades. Otro problema nutricional es la falta de hierro en la dieta, causante de anemia en casi el 40 por ciento de niños y niñas menores de tres años.
Los infantes más vulnerables a esta situación habitan en los departamentos del altiplano nor-occidental y la ciudad capital, principalmente las poblaciones indígenas y pobres. De acuerdo con Aguilar, para combatir la desnutrición crónica -infantes que sobrevivieron a la desnutrición aguda o no la padecieron, pero tienen una descompensación del peso y la talla-, se diseñó la Estrategia para la Reducción de la Desnutrición Crónica.
Una parte de dicha estrategia consiste en proveer a las familias de un paquete de servicios básicos de salud, educación alimentaria y nutricional, con énfasis en la promoción de la lactancia materna exclusiva en los primeros seis meses de vida y prolongada hasta los dos años, y la suplementación alimentaria y con micronutrientes mediante los productos Vitacereal y las Chispitas Nutricionales. La meta para finales de este año es beneficiar a medio millón de familias en pobreza y pobreza extrema, en 136 municipios priorizados del país.
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Otras de las llamadas causas naturales de muertes en niños y niñas son las enfermedades. En 2004 alrededor de 5,808 infantes murieron por síndrome diarreico agudo, neumonía, bronconeumonía y fiebre, entre otros padecimientos. Para Ovalle, muchas de estas defunciones se habrían evitado si los niños y las niñas hubieran sido vacunados y tratados a tiempo.
Al nacer debe administrársele a los niños la vacuna BCG para protegerlos de tuberculosis. A los dos meses se les debe poner la triple, que actúa contra la difteria, tétanos y tos ferina. “Esta última enfermedad -tos ferina- tiene alta tasa de mortalidad, porque cuando la tos es muy fuerte se corre el riesgo de ruptura de los vasos sanguíneos, lo cual puede provocar un accidente cerebrovascular o la muerte”, agrega.
Sin embargo, y pese a que varias de las vacunas recomendadas están supuestamente disponibles en centros de salud, la cobertura para niños y niñas de un año apenas llegó al 62.5 por ciento en 2002.
Los entrevistados coinciden en que muchas de las muertes por enfermedad también son consecuencia de la pobreza o extrema pobreza en la que viven las familias. Los censos nacionales demuestran que en muchos hogares la calidad de vivienda no contribuye a las condiciones de saneamiento básicas para prevenir enfermedades, tal es el caso del 31.5 por ciento de familias con más de seis hijos cuyas viviendas no permiten la eliminación de excretas.
A estas condiciones se suma la baja escolaridad de los padres, lo cual dificulta la toma de decisiones correctas, el manejo adecuado de los alimentos y de los desechos, entre otras acciones. “Uno puede ser pobre, pero si tiene educación puede salir adelante”, señala Ovalle, para quien los gobiernos han tenido poca visión para promover la medicina preventiva.
En un menor porcentaje, en comparación al total de muertes de infantes, pero altamente preocupante, se encuentran los 116 niños y niñas que en promedio fallecen anualmente por desarrollar sida. La población de cero a 14 años con VIH ascendía a 3,040 casos en 2006. De éstos sólo el cinco por ciento ha sido contagiado durante el embarazo, el parto o la etapa de lactancia. Aunque son pocas las mujeres tratadas para evitar el contagio de sus bebés, si toman los medicamentos antirretrovirales durante el embarazo, se les practica cesárea y reciben tratamiento durante los primeros 18 meses de vida del niño o la niña, la probabilidad de que adquieran la infección disminuye del 95 al 98 por ciento, asegura Beatriz Hernández, del Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/Sida, ONUSIDA, en Guatemala.
No obstante, el mayor problema actual, explica Hernández, es encontrar a las progenitoras portadoras del virus. En este año se estima que son 5,730 las madres que necesitan tratamientos antirretrovirales para prevenir la transmisión del VIH a su hijo. Y la cifra de niños que necesitan dichos medicamentos asciende a 2,243. Con esto, y los cuidados necesarios, la calidad de vida puede prolongarse hasta la adolescencia, afirma la experta.
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La otra gran causa de muertes en niños, niñas y adolescentes es la violencia que se vive principalmente en los hogares, las escuelas y las calles. Los menores de edad son víctimas del maltrato intrafamiliar dirigido tanto a las mujeres como directamente a ellos. En 2004 el Instituto Nacional de Estadística registró 8,231 denuncias por violencia intrafamiliar, de las cuales el 12 por ciento afectó a menores de 19 años. Pero los expertos en el tema explican que los golpes y los gritos dirigidos a la progenitora se convierten en violencia psicológica contra los hijos.
De hecho, la violencia psicológica la pueden experimentar los niños y niñas desde que están en el vientre de la madre cuando son rechazados, razón por la cual nacen deprimidos o pueden fallecer de muerte súbita, explica Zenaida Escobedo Gowans, directora de la Unidad de Mujer y Análisis de Género, del Organismo Judicial.
La experta describe que las conductas más comunes en niños maltratados son: depresión, trastornos alimenticios, alteraciones de sueño, agresividad, irritabilidad, exagerada susceptibilidad, aislamiento, bajo rendimiento escolar, temor a la figura de autoridad, rebeldía e hiperactividad.
Los abusos más frecuentes en varones son golpes y maltrato psicológico, mientras en las niñas prevalecen golpes y abuso sexual. De acuerdo con el registro de denuncias, los principales abusadores son los padres, los padrastros, los tíos y los abuelos. La mayoría de abusos sexuales se da después de los tres años, aunque pueden suceder a cualquier edad.
Otras formas de violencia, consideradas castigo, dirigidas a los niños, niñas y adolescentes, son palmadas, reprimendas verbales, privación de los alimentos, golpes y castigos físicos, encierro, ignorancia, dejarlos fuera de casa, echarles agua, quitarles la ropa o quitarles sus pertenencias, se reporta en la Encuesta de Salud Materno Infantil 2002.
En algunos casos estos escarmientos llegan a causar “traumatismos” o “politraumatismos”, como se clasifica la causa de fallecimiento en algunos infantes. Los casos son graves, muchas veces pérdida de los ojos, quemaduras de segundo o tercer grados provocadas con plancha, golpes en el hígado o corazón, brazos quebrados y, especialmente, cuando son bebés, caderas dislocadas y asfixia, comentan Ovalle y Escobedo Gowans.
Estas escenas son comunes en hogares desintegrados o disfuncionales, donde hay abuso de sustancias tóxicas, y mayormente en relaciones donde el hombre busca desquitar sus frustraciones con los miembros más débiles de la casa, agrega Escobedo Gowans.
Nidia Aguilar, Defensora de la Niñez y la Juventud, expliga que en la actualidad se considera que 70 de cada 100 niños son maltratados en sus hogares, y el mapa de conflictividad 2009 permitió identificar un incremento de casos en 18 departamentos del país, lo que hace del maltrato infantil un problema nacional. Las regiones más afectadas son Guatemala, Escuintla, Alta Verapaz, Baja Verapaz, Quetzaltenango, Huehuetenango, Sacatepéquez, Jutiapa, Izabal, San Marcos, Petén y todas las regiones fronterizas donde se marca la explotación sexual y trata de personas.
Cuando los casos llegan a un juzgado, el destino de los niños es decidido por el juez, de manera que su futuro puede estar en un hogar sustituto, con un pariente o la misma madre. Pero es en estas condiciones que muchos jóvenes, en busca de sentido de pertenencia y aprobación, deciden ingresar a las pandillas, agrega Jorge Mario Caballeros, subsecretario de Reinserción y Resocialización de Adolescentes en Conflicto con la Ley -Secretaría de Bienestar Social de la Presidencia-.
Caballeros comenta que de los jóvenes reclutados, cerca del 75 por ciento pertenece a una mara, especialmente la Mara 18 y la Salvatrucha; otros se autodenominan Paisas, por no pertenecer a una pandilla y no tatuarse aunque sí cometen actos delictivos, y entre los 303 reclusos destaca un emo. En algunos casos los jueces no determinan privación de libertad, sino sancionan al joven con medidas sustitutivas. En la actualidad esta es la situación de por lo menos 257 adolescentes.
Para llegar a este extremo no sólo se requiere de un hogar desintegrado y pobre, condiciones que no se pueden estigmatizar, sino también falta de orientación y control en casa, agrega Caballeros. “Hay jóvenes de clase media y alta que también han integrado maras, son aquellos a quienes se les ha dado todo pero no amor en su casa, no tienen una figura que los guíe, los dejan ir al cine y no van a ver una buena película. En las requisas a los centros encontramos cintas como El anticristo o 300, pura violencia. Entonces, si me alimento de eso, si veo violencia todos los días, herir a alguien es de lo más normal”, comenta.
Por ello Caballeros sugiere tratamientos psicológicos no sólo individuales con cada joven, sino también con la familia; “la solución debe ser integral y a largo plazo”, señala. Además, se deben considerar aspectos que complican la situación. Por ejemplo, en muchos de estos casos los jóvenes que infringen la ley tienen hermanos menores, quienes siguen el ejemplo de sus mayores y son utilizados por el narcotráfico. Sumado a ello, cuando niños, niñas y adolescentes deciden salir de la mara, su vida es amenazada por los líderes de estas bandas delictivas, incluso tomando venganza contra la familia.
Uno de los objetivos al tratar a estos jóvenes en los centros de privación de libertad es capacitarlos para facilitarles su reinserción a la sociedad. No obstante, el trabajo no es nada fácil considerando que el 47 por ciento es analfabeta. Pero una vez los adolescentes aprenden a leer y escribir se les enseña un oficio, agrega Caballeros, quien también admite que tras el asesinato de un profesor en 2005 han quedado suspendidos estos programas.
Para Caballeros es preciso modificar la ley y endurecerla, “pues hace 20 años no se tenían los problemas actuales”. Los extremos de violencia a los que se podría llegar con esta situación no están muy lejos de la realidad, “actualmente ya hay rumores de estudiantes armados en las escuelas”, indica Aguilar. La gran interrogante es ¿de dónde adquieren estas armas?, agrega.
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Si la violencia empieza en casa no es difícil deducir que ésta pasa a otros escenarios: la escuela y la calle. En las instituciones educativas se reportan abusos tanto de los maestros a los alumnos, como de los alumnos a los catedráticos y, por supuesto, entre los mismos estudiantes. En grupos de varones esta agresividad suele manifestarse con golpes, mientras en mujeres es más común la descalificación social. De cualquier manera, las niñas y las adolescentes suelen ser las más afectadas, ya sea por amenazas directas, por venganza o rencillas entre pandilleros, o cuando un joven familiar o amigo no quiere ingresar a ese tipo de organización, explica Aguilar.
Esta violencia desatada facilita la delincuencia dirigida a los estudiantes, quienes son víctimas de robos de mochilas, zapatos, relojes y hasta de sus refacciones. De acuerdo con los reportes de la Defensoría de la Niñez y la Juventud, los ataques con arma de fuego han aumentado del 90 al 95 por ciento, y a éstos se suman los realizados con armas blancas, los golpes y los linchamientos.
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Cuando se habla de muertes prevenibles en niños, niñas y adolescentes, no se puede dejar de mencionar el trabajo riesgoso. De acuerdo con el Código de la Niñez, está prohibido el trabajo en menores de 14 años, y a partir de esta edad es permitido siempre y cuando el adolescente continúe con sus estudios y trabaje menos horas que un adulto. Sin embargo, en un país donde la tasa de desempleo oscila entre el 60 y 70 por ciento, el año antepasado había un aproximado de 800 mil niños laborando.
“Según la última encuesta de Empleo e Ingresos, en 2004 el 23 por ciento de la población entre siete y 17 años realizaba alguna actividad económica o deseaba hacerlo. Los niños y las niñas mostraron una tasa de participación del 12.1 por ciento, mientras que los y las adolescentes del 39 por ciento”, se cita en el documento La niñez guatemalteca en cifras, del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, Unicef.
Los trabajos más riesgosos son: recolección de basura, reciclaje de vidrio y papel, producción de artículos pirotécnicos, elaboración de piedrín y cal, actividades agroindustriales como la producción de brócoli, café, caña, cardamomo, maní, melón y tomate. Además se encuentran en alto riesgo los niños que trabajan en la calle, como los que mendigan y son popularmente llamados lanzafuegos, los reclutados para la prostitución, pornografía y para participar en actividades ilícitas como la comercialización de estupefacientes.
En un estudio realizado por Luiz Rodrigo Torres Álvarez, y publicado en la Biblioteca Virtual em Saúde, se describe la situación de niños trabajadores en el sector informal, de seis a 14 años, y que asistieron a la Casa del Niño Trabajador de la Sociedad para el Desarrollo Integral de la Familia Guatemalteca. En este análisis, el autor explica que existe una relación entre lo que es enfermedad, riesgo y ocupación, siendo más afectados los niños que cuidan carros, 39.4 por ciento; los vendedores, 21.1 por ciento; y los lustradores de calzado, 12.6 por ciento. Los problemas más comunes en estos infantes eran de tipo dermatológico, caries dentales e infecciones respiratorias agudas.
Aunque son pocas las denuncias por maltrato o accidentes en ambientes de trabajo, a los ojos de muchos guatemaltecos han quedado las víctimas de explosiones de pólvora, una de las actividades más riesgosas. Para cambiar esta situación, Aguilar menciona que es necesaria la participación del gobierno, de la iniciativa privada y de la sociedad en general. “En países del primer mundo los adolescente trabajan, pero no dejan el estudio. Aquí creo que el sector privado ha cometido injusticias con los adolescentes trabajadores”, señala.
Si bien no hay un experto en el tema que pueda determinar cómo será la situación en los próximos años, no se necesita de mucho para determinar lo incierto de nuestro futuro. Guatemala, un país constituido principalmente por jóvenes, está mermando su propia vida al acabar a temprana edad con los sueños de quienes pudieron haber sido los gobernantes, los médicos, los economistas, los artistas, los bomberos y los policías de mañana. Admitir la realidad puede ser la oportunidad para hacer nuestro aporte a la sociedad, empezando en la raíz del asunto: el hogar.