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Uno de los temas que se presta al debate en Guatemala es el de la identidad cultural. Los Acuerdos de Paz, y específicamente la suscripción del Acuerdo de Identidad de los Pueblos Indígenas, abrieron la posibilidad de que las necesidades y derechos de las etnias que coexisten en el territorio -mayas, xincas y garífunas-, fueran por fin reconocidos.
Pero 15 años después, quizás el único referente que sigues teniendo de las y los actores del movimiento indígena es la imagen del pueblo maya. Ese estereotipo es tan “normal” como erróneo, pues históricamente se ha reforzado el concepto de indígena basado en rasgos diacríticos, tales como el idioma, el traje y las artesanías, entre otros.
Sin embargo, como sostiene la antropóloga Claudia Dary, la identidad no se transforma y debe ser entendida desde la subjetividad como una forma de vida, una experiencia histórica de los pueblos durante la cual ha logrado sobrevivir su propia forma de organización social y política, así como su cosmogonía ancestral.
La valoración de esa identidad es lo que demanda la población indígena no maya, como es el caso de las mujeres xincas. Muchas de ellas se organizan para buscar su reconocimiento como descendientes de una cultura precolombina que necesita ser investigada, comprendida, difundida y apoyada en su proceso integral de revitalización, tanto por las autoridades nacionales, la academia y la comunidad internacional, como por la sociedad guatemalteca en su conjunto.
Desde su condición de triple vulnerabilidad, por ser mujeres-rurales-indígenas, pero de espíritu valiente y luchador, las xincas levantan la voz para decir: “Aquí estamos, no estamos extintas”. Y esa necesidad de ser escuchadas es lo que precisamente tratamos en el tema central de este mes, en conmemoración del Día Internacional de la Mujer.