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Nacidas en la tierra del maíz, el frijol, las habas y el banano, donde a las niñas se les enseña a trabajar en el campo desde sus primeros años, las mujeres guatemaltecas, especialmente las del área rural, no se pueden dejar de lado cuando se habla de la producción agrícola del país, aun cuando su presencia casi se ignore al repartir créditos, tierras, pagos y otros beneficios producto de su trabajo. Muy temprano por la mañana toman el azadón y salen al campo. Sin descuidar sus responsabilidades como madres, esposas o hijas, por la tarde hacen tiempo para cuidar de los animales que crían para el consumo, la venta o simplemente de compañía. A estas productoras agropecuarias se las ve principalmente en San Marcos, Quiché y Huehuetenango, pero están en cada uno de los 22 departamentos.
Su aporte no solo es significativo para el índice del Producto Interno Bruto, principalmente quienes, además de productoras son comerciantes, quienes laboran en la agroindustria y las universitarias que trabajan proyectos de desarrollo, sino su esfuerzo trasciende en los hogares y las nuevas generaciones. El futuro se pronostica diferente para los hijos de estas mujeres, quienes gracias al esfuerzo de sus madres al sembrar, fumigar y cortar bajo el sol, tienen la oportunidad de ir a la escuela y estudiar. En cada hogar también mejora la calidad de nutrición y hasta las condiciones de higiene en los patios, cocinas y comedores de las casas, comprobándose así la teoría de que por cada mujer en desarrollo hay toda una familia y una comunidad que prospera.
No obstante los avances, cada una de las historias de estas mujeres, con nombre y apellido, está marcada por lucha y perseverancia ante los obstáculos, pues a las debilidades como la falta de educación y capacitación, se suman injusticias como el difícil acceso a créditos y a tierras. Si no están organizadas o si no tienen un padre o un esposo "generoso" que les comparta terreno, apropiarse de una cuerda para cultivarla es casi un sueño. Esa es la realidad de las entrevistadas en este número, mujeres sololatecas y quetzaltecas, cuyas vidas transcurren entre el cultivo del maíz y de algunos productos de exportación no tradicionales, entre las tareas del hogar y algunas capacitaciones, siempre y cuando sean de las más afortunadas. Aunque no han logrado transformar sus condiciones tienen la satisfacción de colaborar con la economía del hogar y de hacer historia al cambiar el futuro de su descendencia.