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La agroindustria también es cosa de mujeres

agosto - 2010

Emilia Orozco ha contribuido a la alfabetización y al desarrollo de proyectos agropecuarios y artesanales en su comunidad.

Emilia Orozco, Luciana Tzul, Tomasa Morales y Rosario Siquiná forman parte de las más de 137,000 mujeres que participan en la producción y venta de frijol, maíz, arveja china, habas, cebollas, remolachas, naranjas, manzanas y papayas, entre otros productos agrícolas. Algunas de ellas siembran para el autoconsumo, su cosecha es el sustento de sus hijos, otras logran vender parte de la producción a precio mínimo. Y no tan lejos del campo se encuentran mujeres como Zindy García, cuyo conocimiento, creatividad y capacidad de negociación le permiten encontrar nuevos mercados para la venta de los productos, además de fortalecer a las organizaciones de mujeres.

“Nos levantamos a las seis de la mañana, preparamos el desayuno, agarramos el azadón y salimos al campo para sembrar por tres o cuatro horas. Como la tierra no alcanza, arrendamos otro poquito, pagamos una cantidad al año y en ese período tenemos derecho a sacar el producto. Al regresar preparamos el almuerzo y algunas nos reunimos en clase por la tarde”, dice Orozco, de 30 años y presidenta de la Asociación de Mujeres para el Desarrollo Comunal, Ademuc, en el caserío central Sector Tercer Centro el Tablón, Sololá.

En su caso, así como en el de las 22 mujeres que agrupa, la cosecha es principalmente para el consumo y solo en algunas ocasiones logran llevar algunos productos al mercado de Sololá. La mayoría se ha dedicado a la agricultura desde que tiene uso de razón y ha tenido que tomar las riendas del hogar, pues son parte de las huérfanas y viudas del conflicto armado interno.

Después de la tormenta Stan (2005), Emilia fue invitada por el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación, MAGA, y la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, FAO, para recibir algunas capacitaciones. “Quisimos trabajar proyectos con sostenibilidad, así que nuestra estrategia fue ayudarles con el compromiso, por su parte, de que se alfabetizaran. La Comisión Nacional de Alfabetización, Conalfa, evaluó a Emilia, quien había sido nombrada representante y ahí empezó su papel como promotora”, cuenta Verónica Qunun, técnica de FAO.

Emilia convocó a mujeres de su comunidad, quienes aceptaron el reto de aprender a leer y escribir. Micaela Churrunel Morales, vocal I de Ademuc, es una de ellas. Tiene el deseo de leer libros y periódicos, pero alfabetizarse se ha complicado debido a dificultades para ver. Su problema lo atribuye a sus 52 años y lo que ha sufrido en la vida.

Reunidas en un salón de paredes de adobe, casi sin ventanas pero con pizarra, estas mujeres dominan sus primeras frases en español. También están aprendiendo a preparar jarabe natural contra la tos flemosa que afecta a los niños de la comunidad. Han recibido lecciones para inyectar pollos, ovejas y cerdos, pues también son productoras pecuarias. Y ya saben preparar abono orgánico.

“Se les capacitó sobre cómo criar y reproducir lombrices. Se les pidió conservarlas en cajas, alimentarlas con residuos de comida y regarlas para que despidan el ácido húmico con que abonan las plantas. Combinar el abono orgánico con el químico rebaja sus costos y tienen mejores resultados”, cuenta Qunun.

Aunque el proyecto de FAO terminó en 2008, los técnicos siguen en contacto con estas mujeres, quienes se organizaron y diversificaron su producción, pues ahora también hacen artículos artesanales. El reto es comprar telares para responder a la demanda.

Luciana Tzul suele arrendar cada año de tres a cuatro cuerdas para la producción de arveja china y zucchini.
Con un poquito más de oportunidades

“Cuando es día de corte me levanto a las cuatro de la mañana para preparar la comida y a las cinco nos vamos al campo. Yo tengo cuatro cuerdas, así que permanezco ahí hasta las 11:30 y al regresar preparo el almuerzo. Por la tarde me dedico a lavar ropa, pero si la tierra necesita abono, se lo doy”, recuenta Luciana Tzul, de 42 años y productora de arveja china y zucchini.

Luciana y Tomasa Morales preparan la tierra, siguiendo la tradición cultural, el hombre pone las semillas y ellas se encargan de instalar el nylon negro que protege a las plantas del calor, plagas y fuertes lluvias. Lo extienden formando filas a lo largo de todo el terreno y con un carbón caliente abren los agujeros donde serán depositadas las semillas. Riegan las plantas cuando no es época de lluvias. Y para fumigarlas visten overol, usan mascarilla y cargan una bomba sobre sus espaldas. Les brindan el cuidado que toda planta necesita. “Para la siembra y la cosecha hay que tratarlas con amor porque si no se pueden quebrar, se van de lado o se mueren, como un hijo”, agrega Luciana.

Cuando llega la época de la cosecha, Luciana y Tomasa suelen usar su tradicional huipil y botas de hule para pasar recogiendo los frutos que ponen en pequeñas cubetas. Esta suele ser su tarea cuatro días a la semana durante dos meses. Llevan los productos al centro de acopio de la Coordinación Regional de Cooperativas Integrales, Corci, asociación que FAO ha beneficiado con enseres y capacitaciones para sus asociados. Los clientes inmediatos son empresas agroexportadoras y su destino final son clientes de supermercados en Estados Unidos y Europa.

De acuerdo con Lori Ann Thrupp, autora del artículo Cultivos nuevos, las exportaciones agrícolas no tradicionales (arveja china y zucchini, entre otras) han crecido 78 por ciento en Guatemala, pero todavía representan una proporción pequeña en comparación con productos tradicionales.
Por otra parte, el cultivo de productos no tradicionales se caracteriza por el uso excesivo de plaguicidas y otros químicos. Esto podría repercutir en la salud de los consumidores y de las mismas productoras, además de incrementar el costo de la producción 30 por ciento. Las ganancias netas son muy altas, por ejemplo los precios del maíz y trigo han oscilado entre los US$75 y US$175 por tonelada métrica, mientras los vegetales y las frutas de exportación no tradicional pueden valer US$500 o más por tonelada métrica.

Los principales beneficiarios son las grandes compañías, pues la mayoría de los cultivos requiere de alta tecnología y uso intensivo de capital, dos condiciones que solo dan cabida a inversionistas fuertes, afirma Thrupp. No obstante, Guatemala constituye un ejemplo único en Centroamérica referente a la participación de los pequeños agricultores en la producción de exportaciones no tradicionales. Así el 90 por ciento de la arveja china es cultivada por agricultores pobres en fincas de menos de una hectárea. De acuerdo con Thrupp, esto se debe a factores como que la renta de la tierra no es muy alta, los productores tienden a estar asociados y la mano de obra es barata, pues se vale de la ayuda familiar al recargar el trabajo de las mujeres y obligar a los niños a desertar de las escuelas.

Por eso no es extraño que el 38 por ciento de la población femenina en Guatemala (51 por ciento) esté dedicada a la agricultura, afirma Nora Alvarado, del Área de Equidad de Género de la UPIE-MAGA. Pero solo la minoría es remunerada, pues según la Encuesta Nacional de Empleo e Ingresos (enero a marzo 2003), la cifra de mujeres que contribuye de diferentes formas a generar ingresos familiares sin recibir pago alguno asciende al 26.1 por ciento. Muchas mujeres agricultoras por subsistencia, como Emilia Orozco, se encuentran en este grupo.

Para Luciana y Tomasa las cosas no son muy diferentes, aun cuando ellas son productoras y comerciantes. Si bien reciben un pago por su esfuerzo, éste no pasa de los Q2.40 por libra de zucchini, mientras en los supermercados locales las bandejas con 10 unidades superan los Q7 y su precio aumenta en el extranjero. Pese a ello, estas mujeres se sienten satisfechas de contribuir a la economía de sus hogares, pues lo que ganan lo invierten en el estudio de los hijos o en arrendar terreno. De vez en cuando se compran algo para sí mismas, “un corte”, dice Tomasa con risa tímida.

Invierten cerca de Q1,200 por cuerda, lo que incluye la compra de semillas, fumigación, abono, nylon no reutilizable y en muchos casos alquiler de la tierra. De no ocurrir desastres naturales, el negocio resulta bueno, aseguran.

Su trabajo no termina ahí, tienen que cortar los tallos de los frutos y empacarlos. Para ello deben buscar a quien cuide de sus hijos mientras ellas se trasladan al centro de acopio donde trabajan bajo reglas rigurosas, como no usar anillos, pulseras ni aretes, ponerse una red en el cabello y evitar toda forma de socialización para no afectar la producción, afirman algunas de las entrevistadas.

Tomasa Morales cambió la artesanía por la producción agrícola y hoy se desempeña como pequeña comerciante.
Trabajadoras de agroindustrias

a permanecer de pie por más de ocho horas, el 90.3 por ciento de las mujeres que trabaja en agroindustrias ubicadas en la franja que va de Sacatepéquez a Chimaltenango, por la carretera Panamericana, forman parte de las miles de mujeres cuyo trabajo también contribuye a la agro exportación del país. Muchas de ellas se ven obligadas a trabajar de dos a tres horas extra en promedio. Más del 80 por ciento no recibe aguinaldo ni bono 14. El 41 por ciento percibe un salario mensual entre los Q501 a Q1,000, solo 9.5 por ciento de ellas supera los Q2,000, y algunas (28.6 por ciento) reciben entre Q50 y Q500.

La mayoría ha sido víctima de malos tratos como presión de metas, amenaza de despido, maltrato verbal, sanciones económicas, incluso maltrato físico y hostigamiento sexual por parte de compañeros, se señala en el estudio El derecho a la salud de las trabajadoras de las maquilas y agroindustrias, realizado el año pasado por Médicos del Mundo-Francia.

Las condiciones de trabajo descritas, sumadas a las obligaciones domésticas y el papel de madres que muchas de ellas desempeñan, les han provocado dolores de cabeza, irritación en la garganta, trastornos digestivos, afecciones respiratorias, irritación de la piel y alergias, dolores en la región lumbar, dolores de pies, hemorroides, malestares urinarios y alteraciones nerviosas, además de depresión. Muchas de ellas han sufrido la contaminación con químicos aplicados a las verduras, y el 30 por ciento ha sido atendido en centros de salud pública por intoxicación de plaguicidas, según el estudio Mujeres y Hombres en Cifras 2008. Además corren el riesgo de lastimarse con los instrumentos filosos que usan en el trabajo, principalmente cuchillos, y a enfermarse de los pulmones por los cambios bruscos de temperatura al entrar y salir de los cuartos fríos.

A pesar de que a la mayoría se le descuenta de su salario mensual la cuota del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social, solo el 29.5 por ciento de ellas tiene carné o el documento en trámite. A muchas se les niega el derecho de asistir a las clínicas del IGSS, aun embarazadas, ya sea por negligencia o porque las mismas maquilas no han realizado el trámite de afiliación de las trabajadoras. Tampoco gozan de una pensión por enfermedad permanente ni vejez.

Zindy García, coordinadora de Fundación Guillermo Toriello en Sololá, se siente satisfecha de contribuir a la mejora de condiciones de vida de cientos de mujeres aunque el reto no es fácil.
De las aulas universitarias al campo

En un número muy inferior, el grupo de mujeres dedicado a la agroindustria del país también está conformado por las ingenieras agrónomas. Como referencia, en mayo del presente año las facultades (central y regionales) de Agronomía de la Universidad de San Carlos solo registraban 324 mujeres inscritas, mientras el número es triplicado por hombres (962). Sin embargo, tanto en el campo como en las oficinas donde se gestionan proyectos solidarios y comerciales, el papel de estas ingenieras es fundamental para el desarrollo de muchas comunidades.

Zindy García es ingeniera agrónoma en recursos naturales renovables y actualmente tiene a su cargo los proyectos de la Fundación Guillermo Toriello, en el área de Sololá. En su opinión, el principal reto de su carrera es aplicar la teoría a la práctica. “Tenía conocimiento de la parte técnica que es aplicable, pero muchas de las mujeres con las que trabajamos tienen a su cargo la familia, no saben leer ni escribir, a veces no hablan español. Aunque es una realidad que choca, también es motivante encontrar mecanismos de comunicación para lo cual son de gran ayuda los traductores y promotores”, cuenta. Las diferencias están en todo el contexto cultural y se incluyen tradiciones machistas que son obstáculos para transmitir el mensaje.

García resalta la importancia de que las mujeres profesionales en esta área se involucren en el trabajo de campo y compartan con la gente que trabaja los cultivos, para que cuando ocupen puestos de decisión puedan representar bien las necesidades de las comunidades. Sugiere el aprendizaje de un idioma maya para comprender mejor las necesidades de cada población.

De acuerdo con su experiencia, las necesidades de las mujeres en el campo empiezan con el acceso a la educación formal para tener otra expectativa de vida. También necesitan mejorar su autoestima y el cuidado de la salud, en especial la salud reproductiva. Esta opinión es compartida por Siquiná, para quien las necesidades de las mujeres agricultoras son la falta de reconocimiento de su trabajo en el campo y el hogar, además de las principales: falta de créditos y acceso a la tierra.

A pesar de ello, García ha tenido la oportunidad de observar cambios, lo cual asegura que es la parte más gratificante de su trabajo. Algunos ejemplos son los proyectos de agricultura orgánica en 16 comunidades de la región. Se están impulsando los abonos orgánicos para que un día se conviertan en parte de la actividad económica de estas poblaciones. Asimismo, se trabajan proyectos de pinabete, amaranto y viveros forestales.
“Algunas de estas mujeres se convirtieron en proveedoras de plantas para combatir el problema de la cianobacteria en el lago de Atitlán, y ahora tienen un convenio para ser las proveedoras de plantas en la cuenca el próximo año”, afirma. Cada proyecto oscila entre 200 y 800 mujeres.
Uno de los trabajos más difíciles ha sido la búsqueda de mercado directo, pues debido a la participación de varios intermediarios los productores se ven obligados a vender a precios que solo cubren los costos, indica García. “Por esta razón se está trabajando en mejorar la imagen del municipio de Sololá y en crear la marca del municipio para buscar mercados directos”, agrega.

De esta manera, y aunque a veces invisibles, las mujeres del campo, las pequeñas y grandes comerciantes, las trabajadoras de agroindustrias y las ingenieras agrónomas conforman esas piezas indispensables en el engranaje de la agroindustria guatemalteca. Por lo que todo proyecto en su beneficio o toda ayuda tardía, repercute inevitablemente en la economía del país y en la salud de nuestras familias, consumidoras de frijol, maíz, café, frutas y cacao.

La mayoría de mujeres no solo se dedica a la agricultura sino también a la producción pecuaria.
Trabajadoras en tierra ajena

Luciana Tzul siembra arveja china y zucchini en cuatro cuerdas arrendadas por Q300 anuales cada una. Al preguntarle si piensa comprar tierra en alguna oportunidad, responde: “Ahora ya no puedo comprar porque una cuerda vale de Q30,000 a Q45,000”. Más bien se siente contenta de que el alquiler sea la mitad de lo que podría costarle en otro lugar.

Autoridades del Fondo de Tierras, Fontierras, reconocen que el machismo limita a las mujeres el acceso a tierras debido a que “por costumbre y herencia se mantiene la línea patriarcal para el control de las propiedades y recursos familiares”. De hecho, solo 16.29 por ciento de mujeres son propietarias de fincas en comparación con 83.71 por ciento de hombres propietarios.

De ahí que las mujeres han aplicado toda su creatividad para encontrar espacios donde sembrar, aprovechando desde el patio de la casa y macetas hechas de cubetas viejas, hasta enterrando en el suelo palos con ramas atravesadas horizontalmente para colgar pequeñas macetas con semillas de perejil, cebolla y chile pimiento, entre otros cultivos.

Solicitar créditos para comprar terrenos no es siempre la mejor opción, pues “la mayoría de instituciones que otorgan préstamos solicitan muchos requisitos y cobran altas tasas de interés que en lugar de generar ganancias se convertirían en pérdidas”, comenta Rosario Siquiná, de la Red Nacional de Mujeres Agricultoras. Además de los bancos, otras fuentes de préstamos suelen ser las cooperativas, las agroexportadoras, el MAGA, algunas organizaciones no gubernamentales y casas comerciales; sin embargo, la mayoría de solicitantes calificados son hombres.

Autoridades de Fontierras explican: para que haya acceso diferenciado para mujeres es necesario que ellas constituyan organizaciones con personería jurídica. En el Programa de Arrendamientos de Tierras se ha beneficiado a 95,689 mujeres, 49 por ciento de la población atendida. Y en el Programa de Acceso a la Tierra se tiene un registro de 384 mujeres, otorgándoles montos promedio de Q34,800 por familia dependiendo el valor de compra de las fincas. Vale la pena mencionar que, de acuerdo al testimonio de Luciana Tzul, en Sololá una cuerda puede costar entre Q30,000 a Q45,000. Los departamentos donde se presentan más este tipo de solicitudes son Alta Verapaz, Petén e Izabal.

De acuerdo con autoridades de Fontierras, a nivel de las comunidades también se presentan dificultades para el arrendamiento de tierras por parte de mujeres, por ejemplo: los arrendatarios prefieren arrendar a hombres, el analfabetismo de las mujeres dificulta llenar los formularios correspondientes para la solicitud de crédito y las áreas con probabilidad de ser arrendadas normalmente se encuentran muy distantes de las áreas donde viven las arrendantes, lo que implica dejar a sus hijos solos y movilizarse por caminos solitarios.

Sin embargo, en algunos casos se da prioridad a las familias desarraigadas por el conflicto armado. Y también hay algunos proyectos impulsados por mujeres que se han visto beneficiadas por el Fontierras, tal es el caso de las productoras de plantas medicinales en la finca La Fe y Chantel.

Red Nacional de Mujeres Agricultoras

Rosario Siquiná, una de las integrantes de esta organización, explica que los objetivos son: “Representar y defender los derechos de las mujeres agricultoras y las familias que viven en el medio agrícola, promover la profesión de estas mujeres y fomentar la vida en el medio natural”.

Actualmente está integrada por 303 organizaciones, con representantes en 20 departamentos. Pero a pesar de su constitución y el trabajo que han hecho en conjunto, Siquiná reconoce que sus integrantes no han logrado mayores beneficios. Por lo mismo, parte de sus proyectos para este año es “fortalecer la integración entre el MAGA y las organizaciones del sector agrícola no gubernamental, promoviendo y apoyando la creación de espacios de participación y consulta que permitan construir una visión de futuro por medio de alianzas estratégicas”.

¿Hay algo de machismo en esto?

  • “Ellas saben sembrar pero difícilmente lo hacen como actividad propia porque la venta y la siembra es cosa del 'señor'. Colaboran cuando viene la limpia o tapisca, en el desgrane, el ensilado y el manejo del nixtamal”. Verónica Qunun, técnica de FAO.
  • “Barreras de orden jurídico, sociocultural e institucional limitan el acceso de las agricultoras a la tierra, así como su control sobre ella”. www.fao.org
  • “Los hombres y las mujeres cortan el café, pero ellas ganan menos o el marido cobra la paga”. Nora Alvarado, Área de Equidad de Género UPIE-MAGA.
  • “La fuerza grande de la labor familiar en este sector (exportaciones agrícolas no tradicionales) aumentó excesivamente el trabajo que asumen las mujeres…”. Lori Ann Thrupp
  • En 2005 la tenencia de tierra para la producción agrícola estaba dividida 16.29 por ciento en mujeres y 83.71 en hombres. Mujeres y Hombres en Cifras 2008, INE.
  • “Ella con los niños cultiva y cosecha. Aparte hace las tareas domésticas y de mamá, en su tiempo libre hace tejidos porque la producción no alcanza. Participa bastante en la producción pero no decide qué hacer, solo cuando son madres solteras”. Zindy García, ingeniera agrónoma y directora de la Fundación Guillermo Toriello en Sololá.
  • “Tuvimos la experiencia de introducir el humus (abono orgánico) en un grupo de mujeres. Al principio los esposos no querían que ellas vinieran porque para recibir los insumos debían capacitarse. Sin embargo, ellas perseveraron y después de año y medio las plantas han dado más fruto. Ahora a ellos ya les gustó, entonces están de acuerdo en que reciban las capacitaciones”. Zindy García, ingeniera agrónoma y directora de Fundación Guillermo Toriello en Sololá.
  • “Algunas veces me molesta que me indiquen que mis buenas notas se deben a que soy mujer y que los ingenieros me favorecen, no solo a mí, sino a otras compañeras. Es decir, no señalan mis capacidades como estudiante de Agronomía. Esto es ofensivo, pero es de las situaciones que debemos enfrentar como mujeres al seguir una carrera en la cual predomina el género masculino”. María Luisa Morataya Camey, estudiante Gerencia Agrícola, URL.


Por Alejandra Cardona

Fuentes: Verónica Qunun, agrónoma, Proyecto ATINAR, Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación, FAO. Emilia Orozco, presidenta de la Asociación de Mujeres para el Desarrollo Comunal, Ademuc. Tomasa Morales y Luciana Tzul, de la Coordinación Regional de Cooperativas Integrales, Corci. Zindy García, directora Fundación Guillermo Toriello, Sololá. Rosario Siquiná, Red Nacional de Mujeres Agricultoras. Nora Alvarado, Área de Equidad de Género, Unidad de Planificación e Información Estratégica-Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación. Instituto Universitario de la Mujer, Universidad de San Carlos de Guatemala. Facultad de Agronomía, Universidad Rafael Landívar. Documentos: El derecho a la salud de las trabajadoras de las maquilas y agroindustrias, estudio realizado por Médicos del Mundo-Francia. Encuesta Nacional de Empleo e Ingresos (enero–marzo 2003), INE. Mujeres y Hombres en cifras 2008, INE. Encuesta Nacional Agropecuaria 2007. Cultivos nuevos, de Lori Ann Thrupp.

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