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La reconciliación es un tema pendiente

noviembre - 2010

Luego de 36 años de lucha armada y 14 de posguerra, Guatemala está inmersa en una situación llena de contradicciones, donde la violencia es el pan diario.

La guerra, para muchas personas es el elefante blanco en la habitación: pretenden que no está allí. Sin embargo, contribuyó en gran medida a que llegáramos hasta donde estamos hoy: robos, secuestros, linchamientos, corrupción, femicidio, desnutrición, falta de credibilidad en las autoridades y una larga lista de disfunciones sociales.

Guatemala era muy diferente hace 50 años, tenía un poco menos de 4 millones de habitantes y la capital era una ciudad pequeña. A pesar de que según el Banco de Guatemala había altas tasas de crecimiento económico, el tipo de cambio estaba a la par del dólar, había altos índices de pobreza y desigualdad.

En este contexto, el 13 de noviembre de 1960 estalló el conflicto armado interno que duró 36 años, período en el que murieron 250 mil personas y 1 millón quedaron desplazadas. En 1996 se firmó la paz que oficialmente puso fin al enfrentamiento.

Hoy somos más de 14 millones en todo el país, de los cuales la mitad vive en pobreza, la capital ha crecido de manera desordenada por todos sus costados al punto de unirse con otros municipios. Al preguntar a los ciudadanos, en una encuesta hecha por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en 2006, cuál es su principal preocupación, éstos respondieron que la inseguridad, por encima del desempleo, el costo de la vida, la falta de oportunidades y la salud. Esto se debe, según la misma institución, a que la violencia homicida ha aumentado más de 120 por ciento en los últimos 10 años. ¿Tiene la guerra interna influencia en nuestra situación actual?

Herencia violenta

No podemos decir que la violencia en Guatemala nació en 1960. Nuestra historia ha sido turbulenta desde la conquista. Marco Antonio Garavito, director de la Liga Guatemalteca de Higiene Mental, señala que existen tres niveles de violencia: la estructural (de parte del estado mismo), la coyuntural (según las circunstancias concretas de una época) y la circunstancial (ejemplo típico es la que rodea a las elecciones). Hemos sufrido de los tres tipos desde que en 1523 los españoles se impusieron con brutalidad a los indígenas nativos. “La colonia, los gobiernos cafetaleros y conservadores, las dictaduras y el conflicto armado han tenido en común la violencia”, explica.

Si bien la violencia estructural cesó casi por completo desde la firma de la paz en 1996, estamos viviendo una violencia coyuntural, y algunas veces circunstancial, mientras lidiamos con la posguerra. Según el experto en reparación psicosocial Carlos Beristain, ésta es una etapa previa a la verdadera paz. Inmediatamente después del cese al fuego se vio una mejoría. Sin embargo, la violencia regresó en manos del crimen organizado y de la delincuencia común.



Otra característica que nos ha acompañado durante siglos es el miedo. “La violencia no se puede ejercer todo el tiempo. Por esta razón se trata de internalizar el miedo en los individuos, lo cual servirá para seguirlos manipulando”, explica Garavito. Así se puede ejercer la intimidación de manera permanente.



Como resultado se ha generado una inhibición aprendida, lo que nos impide expresarnos, participar, luchar por nuestros derechos. Nos es difícil organizarnos, cada vez creemos menos en las instituciones, pero también usamos la violencia como resolución de conflictos. A consecuencia de los hechos históricos tan fuertes, también padecemos el síndrome psicosocial traumático. Algunos tratan de olvidar, otros ignoran lo que pasó o lo niegan, pocos actúan para curar las heridas.

Entendiendo la guerra

La guerra interna que vivimos en el siglo XX es un fenómeno complejo, no son únicamente hechos y fechas, hay inmerso mucho dolor humano. Ese elefante blanco no solo es grande e incómodo, también es horripilante y triste.

El sociólogo y analista político Gustavo Porras señala que no es posible entender el conflicto sin la contrarrevolución de 1954. Los opositores del gobierno democrático de Jacobo Arbenz lo derrocaron ayudados por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA). Según explica Carlos Paz Tejada, testigo y protagonista de los hechos, como consecuencia muchos fueron perseguidos y amenazados, algunos incluso buscaron asilo político. Los afectados y sus simpatizantes empezaron a tramar una conspiración para llegar de nuevo al poder.

Porras explica que para que empezara el conflicto influyó también que en el interior del Ejército había oficiales descontentos, debido a que en nuestro país se entrenaba a militares extranjeros para invadir Cuba. Los inconformes decidieron hacer una maniobra estrictamente militar, sin participación ciudadana, para hacer caer al gobierno y convocar a elecciones.

Paz relata que el 13 de noviembre de 1960 tomaron el cuartel de Matamoros, se hicieron de armas y salieron rumbo a Zacapa y Puerto Barrios. Sin embargo, los insurrectos no recibieron el apoyo esperado de otros militares y no pudieron llevar a cabo sus planes. El fracaso hizo más fuerte la persecución de cualquier opositor del gobierno, provocando que muchos optaran por la clandestinidad.

Mario Payeras, en su libro Los fusiles de octubre, relata que de manera oficial la lucha armada guerrillera se inició en 1963 en la Sierra de las Minas. Debido a diferencias en su visión de lucha fueron surgiendo distintas organizaciones además del PGT, que existía desde 1949, como MR13, FAR, ORPA, EGP.

Altos y bajos

Muchos sectores, que no necesariamente apoyaban el enfrentamiento armado, fueron sumándose al panorama al exigir cambios y respeto a los derechos humanos. Las comunidades, la gente común, empezaron a involucrarse también. En respuesta, el Ejército y el Estado fueron tomando y experimentando diferentes formas de proceder. Ya a finales de los años 60, para quitarle las bases y el apoyo popular a la guerrilla, la población civil fue atacada. Esta forma de actuar se repetiría a lo largo de todo el conflicto, solo que cada vez a mayor escala.

Paralelo a la dinámica de la lucha entre Ejército y guerrilla, existía la violencia estructural contra la población. Porras señala que esta represión tenía su propia agenda, desde 1954 empezó la persecución de quienes eran de tendencias de izquierda, que con el tiempo incluyó desaparición y asesinato. Esto fue aprovechado por otros para hacer daño a sus enemigos que a veces ni siquiera estaban involucrados.

Se ha dicho que el momento más álgido de la guerra interna fue en 1981, y el Ejército desató una ofensiva brutal a lo largo de los gobiernos de Romeo Lucas y Efraín Ríos Montt, siendo el peor año 1982. Según Patrick Ball, en el libro Violencia Institucional en Guatemala, el Estado atacó a estudiantes, intelectuales, sindicalistas, periodistas, catequistas, sacerdotes, políticos, promotores rurales y campesinos.

El fin del enfrentamiento

Ball expone que la violencia estatal declinó sin interrupción entre 1990 y 1996, cuando se firmó la paz. El gobierno guatemalteco y el Ejército redactaron y firmaron los acuerdos con la guerrilla, reunida en la URNG desde
1982, los cuales se constituyeron en un compromiso.

Porras señala que existía la falsa expectativa de que la sola firma iba a cambiar las cosas como por arte de magia. En todos los procesos de paz, según explica Beristain, se inicia una posguerra que debe tener los acuerdos alcanzados como agenda. “Aunque cada país es diferente, se necesita reconstruir, lidiar con el impacto y el sufrimiento, reparar a las víctimas, desarrollar una memoria que ayude a entender lo que sucedió para prevenir que vuelva a pasar, y reconstruir las relaciones sociales que han quedado fracturadas”, explica el experto.

El Proyecto de Recuperación de la Memoria Histórica y la Comisión de Esclarecimiento Histórico se encargaron de recabar la memoria de las víctimas. Ball señala que estos informes denuncian hechos cometidos casi exclusivamente por el Ejército, la Policía u otros agentes uniformados del Estado. Entre los perpetradores se incluyen las fuerzas paramilitares controladas por el Estado (desde patrulleros de autodefensa civil hasta los escuadrones de la muerte). Las fuerzas rebeldes también cometieron actos de violencia en contra de población civil, según los resultados obtenidos por las investigaciones.


¿Cómo llegamos hasta aquí?


Los problemas de los guatemaltecos no terminaron en 1996, si bien hubo avances en temas importantes como derechos humanos, cultura, libertades, educación y salud, entre otros. “La confusión es creer que la paz política es la que traerá la paz en general”, opina Porras. Debe entenderse que la violencia circunstancial que vivimos en la actualidad es diferente a la estructural que se vivió en la guerra. Sin embargo, durante el conflicto armado interno surgieron muchos de los aparatos que ahora sirven para delinquir y son la base de la impunidad y del crimen organizado.

Además, durante la guerra, la delincuencia estuvo controlada por las acciones militares. “Tanto los comisionados militares como las patrullas de autodefensa civil, e incluso la guerrilla, ayudaron a que las comunidades bajaran sus índices de delitos comunes”, explica Porras. Al terminar la guerra estos controles desaparecieron, por lo que la delincuencia tuvo la oportunidad de crecer.

Esto pudo haberse evitado, según Beristain, si los gobiernos siguientes hubieran tomado los Acuerdos de Paz como parte importante de sus planes de gobierno. Según expresa la Fundación Guillermo Toriello, la contrainsurgencia sí fue una verdadera política de Estado, mientras los Acuerdos de Paz no, a pesar de haber sido proclamados así.

Aunque hace falta cumplir con puntos esenciales, como el Acuerdo sobre aspectos socioeconómicos y situación agraria, esto parece estar fuera de las prioridades políticas. “El tema de la violencia podría estarse aprovechando y magnificando para desviar la atención”, opina Porras.

En opinión de Beristain, el proceso de reconciliación quedó truncado con el asesinato de Juan José Gerardi, en 1998. “A partir de allí se siguió trabajando pero en condiciones negativas, porque los gobiernos no cumplen con su parte”, explica Beristain.

Buscando el camino

Seguramente a estas alturas ese elefante blanco ya no se siente tan ajeno ni se puede ignorar. En él podrían estar las respuestas a la problemática actual. Beristain opina que al no haber políticas de Estado y por nuestra falta de acción, los viejos métodos se siguen usando en tiempos de paz en conflictos sociales como narcotráfico, medio ambiente o migración.

El concepto de la ONU sobre la paz es una construcción para desenraizar las causas de la guerra, desactivar los conflictos sociales complejos y de larga duración.

Para salir del pantano en que estamos debe resarcirse y repararse a las víctimas del conflicto, procurándoles justicia en cada caso. Así se cerrará el capítulo y llegará la reconciliación. En las condiciones actuales podría parecer imposible acceder a estos cambios. “Hay que trabajar el respeto y la tolerancia. Cambiar esa costumbre de estar unos contra otros, dejar de descalificar a otros por ser diferentes”, recomienda Garavito.

Esto debe hacerse sobre todo con los niños y jóvenes, construyendo una nueva filosofía de vida. Enseñarles que ese elefante blanco no está allí por casualidad. Eso es lo que persigue el Instituto Internacional de Aprendizaje para la Reconciliación Social, IIARS. Ellos trabajan en propiciar el diálogo y en acercar a los diversos actores de la realidad en la cual vivimos. Lo hacen principalmente por medio de la muestra ¿Por qué estamos como estamos?, que de manera interactiva expone a los visitantes con la realidad nacional. Reúne el trabajo de artistas, museógrafos, intelectuales, historiadores, curadores y diseñadores.

Según explica Vivian Salazar, directora de dicha institución, es una estrategia pedagógica para la reconciliación, tema que quieren llevar a sectores más amplios. Su premisa es: “Conociéndonos y reconociéndonos podremos empezar a cambiar”. “Debemos dejar de culparnos unos a otros, pero tomando responsabilidad por lo que nos toca”, explica.

Es posible que a algunos no les guste lo que ven, pero por lo menos se exponen a temas que es importante discutir, como el racismo y la desigualdad. Basándose en hechos concretos bien fundamentados, ponen la realidad guatemalteca de cara a las personas. Esta muestra, única en Latinoamérica, ha sido vista por más de 175 mil personas de todas las edades. Su meta es que muchas más lleguen a preguntarse ¿por qué estamos como estamos? y saquen sus propias conclusiones.

Fuentes: Marco Antonio Garavito, director de la Liga Guatemalteca de Higiene Mental. Carlos Martín Beristain, médico y doctor en psicología originario de España, experto en reparación psicosocial, asesor de comisiones de la verdad de varios países y perito para casos ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Gustavo Porras, sociólogo y analista político, Netherlands Institute for Multiparty Democracy. Vivian Salazar, Instituto Internacional de Aprendizaje para la Reconciliación Social, IIARS. Fundación Guillermo Toledo. Margarita Carrera, María del Rosario Molina, Nineth Montenegro, Hellen Mack, Deborah Levenson. Libros: Informe estadístico de la violencia en Guatemala, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Magnaterra Editores. Movilizando la Memoria, a 10 años del REMHI, Ofi cina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala. Los fusiles de octubre, de Mario Payeras, Ediciones del Pensativo. Paz Tejada, militar y revolucionario, de Carlos Figueroa Ibarra, F & G Editores. Violencia Institucional en Guatemala, de 1960 a 1996, una refl exión cuantitativa, de Patrick Ball, Paul Kobrak y Herbert F. Spirer, American Association for the Advancement of Science. Sitios web: www.eurosur.org www.ine.gob.gt www.banguat.gob.gt www.eurosocialfi scal.org www.pcslatin.org www.sepaz.gob.gt

Guerra y género

La mayoría de los protagonistas del conflicto armado guatemalteco estuvo integrada por hombres. No obstante, según Patrick Ball en el libro Violencia Institucional en Guatemala de 1960 a 1996, cuanto más grande era la represión, el terror se tornó masivo e indiscriminado y se incrementó el porcentaje de mujeres entre las víctimas muertas y desaparecidas.

En 1982 los asesinatos de mujeres alcanzaron su máximo nivel, la proporción de mujeres entre todas las víctimas identificadas llegó al 21 por ciento, muriendo principalmente en asesinatos masivos. También fue un hecho que las fuerzas represivas trataron a las mujeres como un botín más de su triunfo, por lo que las violaciones fueron comunes. Esto también tenía una función contrainsurgente: humillar, dañar y destruir emocionalmente a los sobrevivientes y así desalentar la participación en el movimiento guerrillero.

Las sobrevivientes tuvieron que enfrentar las consecuencias económicas y afectivas de la violencia. Algunas viudas fueron obligadas a abandonar sus casas y terrenos. En casos extremos, las víctimas de violación tenían que dar a luz a niños no deseados y criar a los hijos de sus violadores. En comunidades donde la autoridad de la patrulla civil tomó un carácter horrendo, algunas viudas durante años fueron esclavas sexuales de los comandantes de las patrullas. Según la antropóloga Angélica López, también la guerrilla practicó la violación, pero principalmente con mujeres del mismo bando, amparados en el poder de su calidad de comandantes.

Sin embargo, sería un error ver a las mujeres solo como víctimas. Han sido líderes en la reconstrucción de Guatemala, especialmente en el trabajo en favor de los derechos humanos. Además, sus testimonios sobre lo que presenciaron y vivieron han sido de vital importancia.

Las iniciativas por ayudar a las víctimas de violación no se detienen. En agosto pasado la politóloga Amandien Fulchiron, junto a López, publicó el libro Tejidos que lleva el alma, que reúne los testimonios de 54 mujeres mayas víctimas de violación durante el conflicto armado.

Esto es un avance importante porque ha sido difícil establecer la prevalencia de la violación como práctica de la violencia política en Guatemala, debido al sentido de culpabilidad y vergüenza entre las sobrevivientes. Las investigadoras buscan así impulsar los procesos de sanación correspondientes. Ellas afirman que al no hablar del tema y no construir otro tipo de relaciones humanas, hemos llegado al femicidio.

Trabajan por la paz

Existen varias entidades estatales que trabajan el resarcimiento y la reconciliación. La Secretaría de la Paz fue creada en 1997 y es una entidad que debe brindar apoyo, asesoría y coordinación del cumplimiento de los compromisos gubernamentales originados de los Acuerdos de Paz, con dependencia inmediata del Presidente de la República. En su página en Internet (www.sepaz.gob.gt) se pueden conocer los Acuerdos de Paz y las diferentes actividades que realizan para promover una cultura de no violencia, así como archivos sobre lo que ocurrió en el conflicto armado interno.

El pasado mes de octubre se realizó la primera exhumación de víctimas por parte del Estado. Las anteriores fueron llevadas a cabo por instituciones civiles no gubernamentales. Por su parte, el Programa Nacional de Resarcimiento responde a la recomendación de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico de implementar un programa de reparaciones a víctimas y sobrevivientes, para restituir, indemnizar y reparar los daños, devolviendo oportunidades a la población afectada, con un enfoque de Derechos Humanos. Paralelamente, otras instituciones no gubernamentales colaboran para reconciliar a los sectores. El programa Todos por el reencuentro, de la Liga de Higiene Mental, ha llevado a cabo casi 300 reencuentros de familias que fueron separadas durante la guerra. Por otro lado, la exposición ¿Por qué estamos como estamos? se puede visitar gratuitamente a un costado del Museo del Ferrocarril, 9a. Avenida “A” 18-95, Zona 1, de lunes a sábado de 8:00 a 17:00 horas.

Si se quiere conocer el informe de la Comisión del Esclarecimiento Histórico, Guatemala Memoria del Silencio, puede visitarse la página http://shr.aaas.org/guatemala/ceh/mds/spanish. Asimismo, el REMHI Guatemala nunca más, de la Oficina de los Derechos Humanos del Arzobispado, puede conocerse en http://www.odhag.org.gt/03publicns.htm

Hellen Mack

Activista de derechos humanos. Desde 1990 ha luchado en contra de la impunidad para conseguir justicia para su hermana, la antropóloga Myrna Mack. En la actualidad es Comisionada Presidencial para la Reforma Policial.

“No hemos podido derrotar la impunidad en Guatemala, eso no permite que se consolide el estado de derecho. Para la mayoría de guatemaltecos la justicia no es una realidad. Pese a que los Acuerdos de Paz eran una esperanza para una Guatemala distinta, es una desilusión que solamente se cumpliera la parte operativa, pero no la sustantiva. La paz fue una ilusión, una utopía, no se ha concretado.

La violencia actual es una herencia de la guerra, muchos patrones son iguales, solo que ahora la impunidad se extendió a todos los niveles y sectores, sobre todo en los políticos. Esto sucede porque los delincuentes se dan cuenta que no recibirán castigo y esto los impulsa a seguir delinquiendo, esto incluye delitos contra la vida, contra el patrimonio y también la corrupción.

La delincuencia y el crimen organizado tienen más capacidad y armas que las instituciones del Estado. Por eso es muy importante más inversión tanto en infraestructura, como en tecnología y profesionalización. La solución para nuestra problemática empieza en los ciudadanos que deben conocer y hacer valer sus derechos, ponerle un alto al abuso de muchos funcionarios públicos, tanto del Ejecutivo como del Congreso y Sistema judicial, porque la impunidad es una de las lacras que impide el desarrollo y la consolidación de la democracia.”




María del Rosario Molina

Fue Miss Guatemala en 1955, además es traductora, columnista, poeta y experta en el idioma español y en literatura.
“Antes de noviembre de 1960 Guatemala era todavía un país tranquilo. Sin embargo, aquejaban a la nación muchos problemas que siguen vigentes. Cuando estalló la guerra, saber que el país se estaba desangrando era causa de sufrimiento. Yo sabía que ambos bandos defendían la causa que creían justa, pero los miles de muertos, inocentes los más, los ponía el pueblo. En ese tiempo se restringió la libertad de viajar en nuestro propio territorio y eso me dolió.

Cincuenta años después, nuestro país está en una situación caótica en la que impera la ley de la selva. Por una parte las maras, por otra el narcotráfico que parece adueñarse cada vez más de nuestro país, la criminalidad común, la corrupción a todo nivel, el desempleo, más la carencia todavía existente de educación y salud, aunados a la pobreza extrema, la hambruna y la desnutrición, todo contribuye a que vivamos a las puertas de un infierno peor que el de Dante.

Entre las consecuencias encontramos la macrocefalia, es decir, el aumento de personas que abandonaron las áreas rurales y llegaron a la capital, donde solo encontraron subempleos y se dedicaron al comercio informal. Otras emigraron a otros países y a algunas les fue bien, pero continuamente vemos que mandan de vuelta a los inmigrantes y éstos se encuentran con una situación muy difícil para su subsistencia y la de sus familiares. Desafortunadamente, al finalizar la guerra no se crearon polos de desarrollo que absorbieran a esa gente desarraigada y el desempleo de miembros de la guerrilla y del Ejército.”




Margarita Carrera

Periodista, poeta y ensayista, académica de número de la Academia Guatemalteca de la Lengua, correspondiente a la Real Academia Española. Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias 1996.
“Durante la guerra, la problemática era diferente a la de ahora, hubo años muy duros. Yo fui amenazada de muerte. No me fui del país porque no tenía a dónde ir ni los medios económicos para hacerlo, además no quería dejar a mi familia, ni mi trabajo ni mi casa. Decidí aceptar la amenaza, cada día me iba con el temor de no regresar. Yo no era militante ni nada, pero mi ideología fue lo que me puso en riesgo, perseguían a las personas por pensar diferente.

Lo triste es que en 36 años gran parte de la clase media alta ni se enteraba que había una guerra. A veces era necesario salir del país para darse cuenta de la verdadera dimensión del problema. Para mí las causas del enfrentamiento armado siguen vigentes. Los pueblos indígenas siguen siendo marginados e ignorados, a pesar de que se han ganado espacios importantes, como el trabajo de Rigoberta Menchú que obtuvo el Premio Nobel de la Paz. En el interior sigue la miseria, la pobreza y la falta de salud.

Es de reconocer que el fin del conflicto trajo algunos aspectos positivos, los políticos le ponen un poco más de atención a la gente pobre, quizá con fines electorales. Es un logro que ya no lo persigan a uno por pensar diferente, ahora ya no sufro por escribir o pensar lo que quiera.

Sin embargo, 50 años después somos más, por eso los problemas se han multiplicado.”




Nineth Montenegro

Diputada al Congreso de la República de Guatemala y fundadora del partido político Encuentro por Guatemala. Dirigente popular y activista por los derechos humanos. Fundó el GAM en 1984 luego de que su esposo fue secuestrado y desaparecido.
“La vida durante los años de guerra era muy difícil, sobre todo por la falta de libertad de expresión, de opinión y de pensamiento. No había elecciones libres, tampoco oposición política, pues se corría el riesgo de ser asesinada, secuestrada, si una se rebelaba contra lo establecido. Luego de la firma de la paz, el cumplimiento de los Acuerdos de Paz ha sido parcial, por falta de voluntad política y por falta d e recursos económicos, lo cual ha limitado hacerlos viables. Una parte importante es la reconciliación y el resarcimiento, pero sin justicia lo veo difícil.

Pareciera que muchos permanecen indiferentes a lo que pasó, estoy consciente de la necesidad incluso psicológica de querer olvidar, para muchas personas son duelos difíciles de procesar. Sin embargo, debemos estar conscientes de que la verdad es importante, conocerla y difundirla, porque ocultarla nos ha llevado hasta donde estamos: un país a punto del colapso. Se necesitan medidas afirmativas por parte del Estado, así como acciones individuales de los sobrevivientes.

Después de 50 años de iniciado el conflicto veo a Guatemala en muchos aspectos mejor. Hay más libertades, se han ganado derechos específicos en el tema de mujeres, juventud y niñez. En mi opinión, se ha ido democratizando paulatinamente al país, hay más tolerancia y además pluralidad ideológica. Pero por otro lado, la situación es mucho más complicada que antes por la penetración del crimen organizado, y la toma del Estado por estos grupos mafiosos que tienen al país al borde del colapso.”




Deborah Levenson

Investigadora social estadounidense, vivió aquí y se casó con un guatemalteco. Fue la primera en investigar el fenómeno de las maras científicamente en 1988.

“Una gran diferencia entre los años de guerra y la actualidad es que antes había conciencia colectiva y hoy no. Antes se analizaba de dónde venía la violencia, ahora se habla de la violencia en general como si fuera una fuerza natural, como un huracán o terremoto. No se contextualiza. La violencia criminal entre los pobres es resultado de las secuelas de la guerra, no de la guerra en sí misma. Al ganar los militares, el movimiento popular perdió y con ellos se perdieron también sus demandas de mejorar la calidad de vida, reforma agraria, mejores sueldos, mejor educación y salud.

Las maras son un fenómeno social que no hay que erradicar, sino enfocar de otra manera. No se actuó cuando era el momento preciso en los años de 1980. En un inicio eran grupos de jóvenes no delincuentes, pero al encontrar condiciones adversas a sus expectativas perdieron poco a poco la inocencia, dándole lugar al resentimiento. Las pandillas juveniles crecieron desde los años 60, precedidas por importantes grupos estudiantiles. En las manifestaciones de 1985 estos jóvenes también salieron a manifestarse, pero con métodos más anárquicos. Eran opuestos a los movimientos políticos, pero provenientes de los mismos estratos.

Sin atacar las verdaderas raíces del fenómeno, la incipiente solidaridad y conciencia de clase de las maras se fue perdiendo. Tienen un rasgo de ausencia de futuro, su falta de orientación las deja expuestas a la manipulación. Poco interesadas en los asuntos sociales y relaciones igualitarias, absorbidas por el crimen, las maras fueron más allá de un punto sin retorno para volverse centralizadas, antidemocráticas, autoritarias y más violentas. Sin embargo, no son el único problema de Guatemala.”


Por Jessica Masaya

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