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Con martillos y palas en mano, pero cargados principalmente de mucha voluntad, optimismo y esperanza, un grupo de jóvenes se ha entregado de lleno a cambiar la realidad de vida de muchas familias guatemaltecas. Con la construcción de una vivienda digna se ha logrado que mujeres, hombres, niñas y niños dejen atrás las covachas de cartón y varas de milpa donde vivían.
Las ganas de cambiar las cosas en Guatemala animan a más de 200 jóvenes para involucrarse en una iniciativa a la que ellos mismos denominan “un proyecto de amor”. Con éste han llenado de alegría y nuevas esperanzas a familias en extrema pobreza, dándoles un techo mínimo.
Mujeres y hombres, entre 18 y 30 años, dejan a un lado sus diferencias y ponen todo su esfuerzo en este objetivo. Durante las jornadas de construcción, los voluntarios de este proyecto, quienes en su mayoría son estudiantes de distintas carreras y centros educativos, duermen en el piso de escuelas y comen en las casas de las familias beneficiadas.
Mochilas, bolsas para dormir y equipos de trabajo tales como barras, palas, martillos, piochas y otros instrumentos necesarios para levantar una vivienda, forman parte del equipaje que llevan consigo en cada proyecto de construcción.
Trazar niveles, taladrar, cargar bolsas de cemento, hacer zanjas, acarrear arena y nivelar los terrenos son algunas de las tareas que realizan. Los campamentos, además de convertirse en un espacio para construir las viviendas, sirven para que los jóvenes voluntarios vivan de cerca una realidad muchas veces desconocida y otras tantas, rechazada.
“En principio creí que era un sacrificio dejar la comodidad de mi casa, pero ahora me doy cuenta de que es una experiencia muy hermosa ayudar a los más necesitados”, expresa Marisol Rodríguez. A ella, como al resto de los voluntarios, no le ha importado el calor intenso del sol ni el frío por las noches, ya que sienten su esfuerzo bien recompensado al ver la alegría de las familias.
Y cómo no va a ser gratificante ver a don Poncho, un hombre discapacitado, de 78 años, quien ahora tiene un techo digno. Vivía en una covacha con piso de tierra, donde se colaba el frío a través de las varas de milpa y un techo formado por unos pedazos de láminas.
El día que don Poncho entró por primera vez a su nueva casa lloró de alegría. “Quiero agradecerles en pocas palabras todo lo que hicieron por nosotros. Por lo que los conocimos, nos encariñamos mucho con ustedes. Les deseamos lo mejor, no cambien nunca”. A su lado, Marcela, su esposa, se muestra también emocionada, agradecida y feliz de la vida. “No hay palabras”, alcanzó a decir. Este momento es muy importante para los voluntarios, pues genera un proceso de dignificación de la familia, recuperación de la autoestima al tener un hogar digno, señalan.
María Castellanos es una lideresa comunitaria también agradecida. “Estos muchachos están acostumbrados a estudiar, no a hacer hoyos ni a clavar ni a serruchar, por eso se los agradezco”, expresó doña María, al mismo tiempo que preparaba el almuerzo para el grupo de estudiantes.
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Un techo para mi país es la organización que aglutina a estos jóvenes. Tienen como meta principal hacer evidente una realidad para muchos ajena: la pobreza que se vive en áreas marginales de nuestro país.
Pero a la par de ello pretenden involucrar a los distintos agentes sociales, tanto jóvenes universitarios como familias, empresas, niños y adultos, con el fin de mejorar la calidad de vida de las familias en situación de pobreza, por medio de la construcción de viviendas de emergencia y la ejecución de planes de habilitación social.
Un techo para mi país es un proyecto que nació en Chile en 1997, por iniciativa de jóvenes universitarios que empezaron a construir las primeras viviendas de emergencia.
Lo consiguieron buscando apoyo económico de empresas privadas y de personas de buena voluntad. Esa primera experiencia les hizo darse cuenta de cuán grave era el tema de la pobreza en su país. Unos años después, movidos por una catástrofe en El Salvador y Perú, extendieron su proyecto a esas naciones.
A Guatemala llegaron en 2008 con el objetivo de involucrar a los jóvenes en la realidad del país y así formar un equipo local para llevar a cabo el proyecto a largo plazo.
María de los Ángeles Vásquez, voluntaria, señala que la organización no es una constructora de casas, sino un equipo joven creador de oportunidades de integración comunitario-social, a mediano y largo plazos. Y a la par de ello, Andrés Cano, director de un Techo para mi País, señala que este movimiento representa una oportunidad para que los jóvenes se den cuenta de que el presente y futuro del país es responsabilidad de estos grupos. “Las manos y la voluntad de unos pocos pueden cambiar la mente de muchos”, señala.
“Los jóvenes tenemos en nuestras manos el compromiso de contribuir a solucionar los problemas nacionales, somos catalizadores del cambio, lo único que necesitamos es creer que podemos lograrlo”, expresa Sofía Wielandt, una de las voluntarias que ha participado en la mayoría de campañas de un Techo para mi país.
El proyecto consta de tres etapas. La primera, Construcción masiva de viviendas mínimas, implica dar un hogar a comunidades en extrema pobreza. Las familias contribuyen con el 10 por ciento del costo de la vivienda con el propósito de propiciar el sentimiento de propiedad y responsabilidad sobre ella. Luego de edificadas las viviendas, los jóvenes nunca pierden el contacto con la comunidad. Se establece una relación de comunicación entre los beneficiarios y la organización para dar el siguiente paso, expresa Graciela Ortiz, otra de las voluntarias que dice sentirse muy emocionada cada vez que van a las comunidades a servirle a la gente.
La segunda etapa, llamada de Habilitación social tiene por objetivo la formación y capacitación de las familias en oficios básicos, educación, micro créditos, salud y otros aspectos indispensables para el desarrollo sostenible, de modo que busquen su reinserción en la sociedad.
En la tercera etapa, Vivienda definitiva, el proyecto alcanza su meta final encaminando a las familias a postularse a fondos o créditos accesibles para tomar soluciones habitacionales definitivas, y también se trabaja en el diseño de la vivienda y del entorno urbano.
“Estamos contentos con el apoyo que recibimos de las diversas empresas y personas, pues sin su ayuda este trabajo sería imposible de realizar”, expresa Cano. En nuestro país se han construido 500 viviendas hasta la fecha y se ha logrado movilizar alrededor de 2,000 voluntarios, quienes dentro de 10 ó 15 años serán líderes en política o en empresas.
Esto constituye para los organizadores la puerta de entrada para promover la participación de muchos jóvenes voluntarios en una experiencia social de alto impacto. Al final, muchos de los voluntarios reconocen que todos están aprendiendo algo y lo que hacen nunca será suficiente, pero el esfuerzo enriquece por sí mismo.
La vivienda de emergencia es una casa de madera prefabricada, de 18 metros cuadrados (6 metros de frente por 3 metros de fondo). Tiene una durabilidad promedio de cinco años, plazo en el cual se espera incorporar a toda la sociedad movilizando los recursos necesarios para una solución definitiva. Puede ser edificada en dos días por una cuadrilla de ocho a 10 jóvenes voluntarios en conjunto con la familia beneficiada.
Por Jeovany Ibañez
Fuente: Un techo para mi país.
Fotos: cortesía Un techo para mi país.