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El huevo ha pasado por temporadas de buena y de mala fama, pero lo que no puede negarse es su contenido nutritivo. La yema concentra el mayor porcentaje de grasa, pero también es rica en hierro, calcio, fósforo, sulfuro y vitaminas A, D, tiamina y riboflavina. Esto favorece la calidad de glóbulos blancos en la sangre y fortalece el sistema óseo, entre otros beneficios para el organismo. En cuanto a la clara, es proveedora de proteínas, en especial albúminas -proteínas animales- que las enzimas humanas saben procesar para la formación de masa muscular.
Pero para absorber todos estos nutrientes debe cuidarse la forma de preparación, pues las proteínas se liberan al deshacer el látex que las rodea, lo cual sólo se logra al someter el huevo al calor y no cuando se consume crudo, explica la nutrióloga Alicia Avendaño. Otro aspecto importante es seleccionar el método de cocción adecuado, pues el aceite caliente, aunque sea de oliva, sumado a la grasa natural del huevo, forma enlaces saturados que el organismo difícilmente puede digerir. Por ello es conveniente comerlo tibio, duro, cocido en agua o en salsa de tomate preparada en casa. Sus propiedades aumentan al combinarlo con vegetales, ya sea en ensaladas o para su envoltura, por ejemplo ejotes o coliflor, agrega Avendaño. Y si se mezcla con queso, éste debe agregarse sin fundir para que no se convierta en grasa saturada y se desperdicien los nutrientes del huevo.
El consumo de este alimento se recomienda a partir del sexto mes de vida, y los jóvenes deportistas pueden disfrutar de uno a dos diarios si no se combina con embutidos ni otros alimentos ricos en grasa.
Por Alejandra Cardona