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Los vertiginosos cambios físicos y psicológicos que se producen tras la pubertad, también afectan la conducta de las adolescentes en relación con la alimentación. Conocer las necesidades nutricionales de esta etapa y los problemas que pueden presentarse es el primer paso para la prevención.
Levantarse a las 5:00 de la mañana, salir hacia el colegio sin desayunar, refaccionar alguna chuchería, volver a casa a las 14:30, ver qué hay para el almuerzo y, en función de eso, decidir si come o no y, finalmente, llegar a la hora de la cena y para comer a veces unas galletas o cereal con leche. Esta es la rutina alimentaria de Virginia, de 16 años de edad. Al igual que miles de jóvenes de su edad, ella ignora lo que esta conducta puede generar en su organismo.
Los adolescentes son considerados población en riesgo, ya que difícilmente llegan a cubrir por sí solos las demandas nutricionales de su cuerpo. El riesgo se duplica si se considera que las adolescentes son muy vulnerable a la presión que ejerce una sociedad obsesionada con la delgadez. En el corto o mediano plazo, jóvenes como Virginia pueden presentar problemas tales como anemia, desórdenes de electrolitos, descalcificación ósea y dental, trastornos hormonales, pérdida de masa muscular y obesidad.
Los requerimientos nutricionales y energéticos en esta etapa son elevados, señala Alicia Avendaño, médica especialista en nutrición y alimentación. Es la época en la cual el desarrollo físico es mayor, porque se gana aproximadamente el 20 por ciento de la talla y 50 por ciento del peso que se tendrán como adulto. Las proteínas de origen animal son vitales para cubrir este acelerado crecimiento de músculos y huesos, indica Avendaño. Estas se obtienen principalmente de carne, huevos, lácteos y pescado.
Los carbohidratos constituyen la principal fuente de energía y están contenidos en arroz, papas, pastas y pan. En cuanto a los minerales, son básicos: el calcio, para consolidar la densidad ósea, se obtiene principalmente de lácteos, carne y frutos secos; el cinc, contenido en carne, pescado y huevos, cereales y legumbres; y el hierro que se obtiene de carne, yemas de huevo y legumbres. “Previene la anemia cuyo riesgo es elevado debido a que se inicia la menstruación, anota Avendaño. Las vitaminas más importantes son A, B12, B6, D, riboflavina, niacina, tiamina y ácido fólico.
Insatisfacción y riesgos latentes
“La adolescencia es una etapa delicada en cuanto a la alimentación, porque las niñas acaban de pasar por la pubertad que significa más ‘grasa’”, explica Brigitte Aquin, psicóloga especializada en trastornos de alimentación. “Surgen las curvas y, viviendo en un medio obsesionado por la delgadez, ellas no aceptan su cuerpo”.
La presión social es uno de los factores que inciden en los trastornos de alimentación -anorexia, bulimia y alimentación compulsiva- los cuales son considerados problemas de orden psiquíatrico. “En éstos intervienen factores genéticos, socioculturales, familiares y psicológico, pero a los 15 años los socioculturales son muy importantes porque la presión de grupo es fuerte y existe preocupación exagerada por la figura”, señala Aquin. Las estadísticas también indican que la incidencia de sobrepeso, obesidad y enfermedades asociadas se ha elevado en Guatemala y que estos problemas afectan a personas cada vez más jóvenes.
Avendaño considera indicados los planes de alimentación asesorados por un experto en casos de sobrepeso o delgadez extrema. Si éstos obedecen a un trastorno de alimentación es imprescindible la psicoterapia. Se puede sospechar un trastorno de alimentación cuando la adolescente habla con frecuencia sobre su insatisfacción corporal, omite tiempos de comida, pierde o gana peso de manera acelerada, vomita después de comer, come o se ejercita de manera compulsiva.
La adolescencia es una época propicia para establecer o consolidar hábitos alimentarios, por ello los expertos aconsejan:
• Procurar una alimentación balanceada y saludable que incluya carnes, lácteos, pescado, frutas, verduras, hortalizas, legumbres y productos integrales.
• Realizar cinco comidas diarias: desayuno, refacción, almuerzo, refacción y cena.
• No omitir comidas.
• Respetar un horario lo más regular posible para las comidas.
• Evitar en lo posible el consumo de comida chatarra.
• Moderar el consumo de alimentos con alto contenido de grasa, colorantes y preservantes.
• Limitar la ingesta de bebidas azucaradas y carbonatadas.
• Beber dos litros de agua diariamente.
• Realizar deporte, más que ejercicio en un gimnasio.
• Compartir en familia por lo menos dos comidas al día.
• Mantener una actitud antidietas y tener hábitos saludables en general.
Lili Beteta
Fuentes: Psicóloga clínica Brigitte Aquin, del Centro de Trastornos Alimenticios. Médica, especializada en nutrición y alimentación Alicia Avendaño, de clínica Medical Nutritional. Enciclopedia Familiar de la Alimentación, editorial Integral.