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Llegar a esa edad es doblemente difícil; por un lado empiezan a quedar atrás los años mozos y, por otro, se marca el inicio de la edad adulta.
María está a punto de cumplir 30 años y le invade la angustia de pensar que, sin darse cuenta, se está convirtiendo en una “señora grande”, como llamaba cuando era niña a las mujeres de esa edad o más.
Al igual que en las etapas de la adolescencia y la juventud, en esta década se presentan cambios físicos notorios: el metabolismo se hace cada vez más lento, con lo cual el reloj biológico suena más fuerte, se debe cuidar más la alimentación, comienzan algunos achaques de salud y el debilitamiento físico debido a la reducción de la masa ósea y muscular.
Por otro lado, suben los niveles de estrés, como fruto de la presión por alcanzar la madurez psicológica y estabilidad económica, formar una familia, triunfar profesionalmente y lidiar con responsabilidades mayores, pues en la edad adulta el ser humano debería estar preparado para dominar sus emociones y afectos.
En ese proceso, muchas veces el recuento de las glorias pasadas no da resultados positivos y es ahí cuando se añoran cosas no realizadas. Ello ocasiona problemas adicionales, pues “lo que sucede es que no se acepta el cambio de edad, el hecho de haber pasado la etapa de los 20 donde todo parece una maravilla. A los 30 años hay una crisis de cambios en el temperamento, en gustos, y la sociedad determina la forma de actuar”, opina la psicóloga Norma Barillas.
Algunos afirman que la mejor edad de los hombres son los 40 años y en las mujeres son las tres décadas. Sin embargo, ese punto es subjetivo y cabe decir que la mejor edad es la que tienes. Si no puedes regresar el tiempo ni acelerarlo, aún te queda la opción de cuidarte y vivir cada día al máximo.
Por Maria Reneé San José
Fuentes: Norma Barillas, psicóloga. Larousse de la Mujer, de Spes Editorial. www.librate.net