La base académica de Max Leiva incluye estudios en la Escuela Nacional de Artes Plásticas, obtuvo una beca de dos años para perfeccionar su técnica en escultura y en fundido de bronce en la Universidad Silpakorn, de Tailandia, además de su entrenamiento con uno de los más renombrados escultores de Guatemala: Dagoberto Vásquez.

Figurativas, abstractas o para espacios públicos, las esculturas de Max Leiva, desde las pequeñas hasta su obelisco de 18 metros de altura, parte de su Monumento a la República, se sustentan sobre una filosofía desarrollada desde hace casi dos décadas. Su trabajo, dice, “es esencialmente figurativo y expresionista, resultado de una constante búsqueda de ideas que surgen del dibujo como instrumento”. Para documentar su producción desde 1998 a 2012, publica un libro homónimo en cuyas 236 páginas, 30 X 30 centímetros de tamaño, están por lo menos una o dos obras de cada una de sus colecciones creadas durante ese lapso.
Y es obra de autor porque fue producida, supervisada y financiada por él. La selección de fotos de Alan Benchoam, Ange Bourda y José Carlos Flores se acompaña con textos de la doctora Silvia Herrera Ubico y del escritor Rodrigo Rey Rosa.
Consignar la producción de un artista la preserva ya que, como explica el escultor suizo H. R. Giger, cuando las obras cambian de custodio su destino se pierde para el creador. Por eso, no se trata de un libro tipo tea tabletop, sino de una documental sobre una de las trayectorias plásticas contemporáneas más importantes del país. La entrega del libro inauguró la retrospectiva Max Leiva, en la Galería El Túnel.
Por León Aguilera Radford
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