Moda por décadas

1900
La moda era dictaba por la alta sociedad con vestidos pomposos decorados con encajes y volante.  Las siluetas vaporosas se desenvolvían en una sociedad aprisionada por el corsé.  La Belle Époque, un período de ilimitado lujo y vistosidad, duró de 1890 a 1914.  Su característica primordial era el estilo eduardiano, muy influido por el monarca inglés Eduardo VII, quien ocupó el trono entre 1900 y 1910.  Teniendo como telón de fondo a una alta sociedad benévola.  La moda se erigió en un símbolo de estatus, no exento de cierto erotismo derivado de la severa figura femenina.  Sin embargo, las nuevas ideas y el arte vanguardista desterraron los asfixiantes valores victorianos y en 1909 se puso de moda la silueta nueva y estilizada.
 
 

1920
La fusión de las artes y la moda dieron la bienvenida a un estilo extravagante, que sustituyó la simplicidad del corte y la forma en boga por adornos muy elaborados.  Durante el día las mujeres optaron por estilos angulosos y materiales prácticos como el punto, la sarga de seda, el mohair, la kasha y el rayón.  Se consideraban elegantes los vestidos de seda tejida burdamente, los tweeds ligeros y brocados hechos a mano.  Los ondulantes vestidos de noche confeccionados en materiales finos como el crepé satén y el crepé georgette se adornaban con detalles brillantes.  Entre los diseñadores destacados de la época se encontraban Jean Lanvin, Callot Soeurs y María Monaci Gallenga.
 
 
 

1930
Dieron vida a los estilizados vestidos drapeados de las estrellas de cine.  Por ello los años de 1930 siempre los recordaremos como la época de mayor elegancia en Hollywood.  Los diseñadores se centraron en la silueta más por la forma que por el detalle.  Hasta entonces la ropa de día había sido más decorativa que práctica.  Pero entonces, por primera vez, mujeres de todas las clases sociales empezaron a llevar una vida más ocupada y productiva, y la moda reflejó este cambio.  Aunque los vestidos de noche tenían un acusado aire de frivolidad y distinción, de día la seriedad y el buen gusto se impusieron. 

La escasez de dinero obligó a las mujeres a renunciar a los caprichos de la moda y a buscar otras maneras de ser elegantes.  La bisutería, en particular broches, pendientes y anillos, fue la alternativa a las joyas preciosas que habían sido imprescindibles entre las clases que podían permitírselas.  Los guantes de gamuza o de cuero también añadían un toque de sofisticación.  La moda dictaba que los sombreros se llevaran ladeados, la boina reemplazó al sombrero cloche, y aunque los casquetes también eran populares, el turbante se convirtió en el complemento estrella.  Los diseñadores más importantes de los años de 1930: Elsa Schiaparelli y Coco Chanel.
 
 
 

1940
II faut skimp pour etre chic (para ser chic tienes que escatimar) sentenció Vogue en 1941, refiriéndose a la silueta estilizada y a la falda corta que se pusieron de moda ese año para horror del público.  De repente, las voluptuosas formas de los años de 1930 dieron paso a una silueta dura y angulosa que, tal como Vogue, avanzó ese mismo año (resultaba muy poco favorecedora si las mujeres no mantenían la línea).  Impulsada por la economía de guerra, la escultural silueta era un reflejo de las restricciones impuestas por el gobierno.  El traje sastre, el corte económico, las cinturas estrechas y las faldas rectas creaban una figura grácil que sacrificaba las curvas femeninas a favor de una esbeltez no exenta de masculinidad.  Lo elaborado desapareció y una sencilla elegancia ocupó su lugar.  La nueva silueta contribuía a dar una imagen de mujer sensata, enérgica y competente.  La belleza no era parte de la estética de la guerra.

La monótona uniformidad de los tiempos de guerra se reflejaba en los trajes de severo corte militar, prenda estrella de la moda del momento.  Los trajes de chaqueta tenían un corte muy masculino, en parte porque muchos eran trajes de hombre, arreglados, con hombreras muy exageradas a fin de dar a la mujer un aire serio y eficiente, en consonancia con su papel de trabajadora en tiempos de guerra.
 
 
 

1950
La última década que París dominó la moda mundial.  Christian Dior era imparable y mantuvo su influencia hasta su muerte en 1957; a su lado, otros grandes diseñadores estaban decididos a triunfar.  Cristóbal Balenciaga, Jacques Fath y Hubert de Givenchy eran otros nombres destacados, pero según pasaba el tiempo aparecieron las primeras señales del declive de la alta costura.

La década es recordada por el contraste de dos siluetas.  La falda de vuelo, que se balanceaba al andar, y la estilizada falda tubo hasta la rodilla definieron las siluetas por excelencia, y ambas coincidían en realzar la estrechez de la cintura.  Después de los años de guerra las mujeres aspiraban a abrazar la femineidad.  Los rellenos estratégicos y la ropa interior armada hicieron mucho para mejorar los cuerpos casi nunca perfectos, de modo que la silueta extrema de Dior, de cintura estrecha y falda con vuelo hasta media pierna, sentaba fabulosamente a todo el mundo.  La faja-corsé de nylon, de una pieza, hacía una cintura de avispa, redondeaba las caderas y elevaba y marcaba el busto para conseguir la figura de reloj de arena perfecta, como la que luce Anita Ekberg en la cinta La dolce vita, de Fellini. 
 
 
 

1960
El torrente de diseñadores innovadores, quienes irrumpieron en escena a principios de los años de 1960, tenían muy claro que los jóvenes necesitaban una moda hecha a su medida, que expresara de forma visual su concepción de los cambios en la sociedad.  Por primera vez, sí se exceptúan las colecciones de punto de Coco Chanel en 1930, la ropa femenina era cómoda y fácil de llevar.  En sus primeras creaciones Mary Quant apostó por los vestidos sueltos que ignoraban las cinturas y cubrían el cuerpo hasta las rodillas.  Los dobladillos subieron de forma rápida hasta medio muslo, abrigos en línea A, vestidos jersey ajustados al cuerpo e innumerables túnicas sin mangas de sisa amplia y hombros estrechos.  La modelo Twiggy era el icono de la década y todas las mujeres deseaban el cuerpo andrógino de esta modelo de busto plano, piernas largas y cero curvas.  Era la percha perfecta para colgar prendas desestructuradas, que solo necesitaban ajustarse al cuerpo superficialmente, y su aspecto frágil y algo desvalido adaptaba de maravilla a los jerseis, acanalados y ceñidos, tan populares en la época.

 
 
 

1970
Es fácil perderse en la espectacularidad de la moda de 1970 y olvidarse de que esta fue la década en que la moda de confección alcanzó su máximo esplendor.  Las prendas sueltas, y no el traje completo tal como lo entendía la alta costura, adquirieron el estatus de imprescindibles.  Fueron los redactores de las revistas de moda quienes enseñaron a las mujeres como debían llevarlas, combinando estampados y tejidos diferentes con un par de colores clave. 

La rebeldía de los años de 1960 salpicó a la moda.  Algo quedaba muy claro: nadie quería vestirse como sus padres.  Regreso a la naturaleza era el slogan de la época, junto con un renovado interés por lo espiritual.  Vestir con prendas de culturas lejanas equiparaba con librarse de las cadenas de la vida occidental, y la gente se sentía más cerca de la Madre Naturaleza con ropa de algodón grueso o bambula de la India, o de punto, de rayas y vivos colores de Perú. 

Esta década se caracteriza por el sabor bohemio donde se fusionaron el arte y la moda, gracias al diseñador Ossie Clark con sus estampados de flores y plantas inspirados en el Art Deco haciendo espirales en las anchas mangas y la falda de los minivestidos para llevar por encima, y alrededor del bajo de los pantalones acampanados. 

Entre las piezas destacadas de la época encontramos los monos, caftanes, parkas, maxifaldas, mallas, influencias orientales, vestidos de la abuela, punk y moda disco.
 
 
 

1980
El traje sastre y la ropa masculina despegó como una importante tendencia inspirada en el personaje de Annie Hall, interpretado por Diana Keaton, y por otros looks unisex de los años setenta.  Las mujeres de aspecto andrógino, entre ellas Annie Lennox, de Eurythmics, y la modelo y cantante Grace Jones, originaron un nuevo estilo, clásico y usable.
 
A principios de la década, los pantalones habían tocado fondo.  Estrechados al límite por los punks y elevados al no va más del estilo con (le smoking) el esmoquin de Yves Saint Laurent, a los diseñadores no les quedó otra opción que concentrarse en la chaqueta. 

La chaqueta masculina le confería un aire firme y enérgico.  Las hombreras añadidas a finales de los años setenta por Perry Ellis, Thierry Mugler y Karl Lagerfeld hicieron de la chaqueta líneas cuadradas como figura protagonista de los ochenta.  Las calles se inundaron con piezas como faldas campesinas blancas, cinturones anchos, rayas y cuadros escoceses, tallas extragrandes, faldas amplias, asimetrías, faldas abullonadas, trajes de chaqueta con hombreras y vestidos de Laura Ashley.
 
 
 

1990-2000
De acuerdo con Christian Lacroix, para esta temporada la gente solo buscaba lo práctico: el tiempo libre y la calidad de vida son más importantes que el modo de vestir.  La teatralidad de la moda de la década de 1980 dio paso al sencillo estilo New Age.  La colección de Rifat Ozbek de 1990 anunciaba la nueva era.  Fue como hacer borrón y cuenta nueva con los tops blancos con capucha, el zapato deportivo blanco y la bisutería de fantasía.  Las melenas largas y las hombreras volaron con la recesión.  La ropa de marca fue sepultada en lo más profundo del armario y los “trajes de ejecutiva” se sustituyeron por prendas básicas lujosas.  Las camisetas de cachemira y los pantalones de pijama de seda de la diseñadora neoyorquina Zoran y las líneas puristas de Jil Sander marcaban la nueva tendencia.

En las altas esferas, Gap triunfó vendiendo sus prendas respaldadas por una estrategia de marketing impecable, y Calvin Klein convenció al público de que comprara su sencilla ropa interior de algodón.  Muji rechazó el etiquetaje de sus prendas y se vendió como una marca “sin marca”.  Gucci y Prada lograron mantener su prestigio creando sólidas líneas de ropa que actuaron como herramientas de marketing para sus lucrativos negocios de accesorios.  La moda había entrado en una época de pluralismo. 

Para inspirarse, los diseñadores buscaban telas y formas de confección nuevas, como la costura por calor y el corte con láser.  Para los que perseguían moda a precios asequibles, las marcas populares como Zara, Top Shop y French Connetion no habían sido nunca tan eficientes al ofrecer las tendencias tan pronto como surgían. 

Para el otoño/invierno de 1999 los diseñadores rechazaron la ropa brillante y futurista.  Escogieron prendas que envolvían al cuerpo de forma suave, de fieltro color crema o lana, así como gruesos géneros tejidos a mano, como chaquetas con cuellos chimenea, faldas tipo manta y abrigos con hombreras estilo edredón.  Las cremalleras y los botones se escondieron, como si fueran invisibles.  El cuerpo se cubría con ergonómicas telas color crema y se preparaba para surgir en la primavera del 2000 en un estallido de color y estampados para el nuevo siglo.

Por Brenda Enríquez
Ilustraciones por Gerber Sarazúa


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