
El 51 por ciento de la población de este país está conformado por mujeres y, de este, un amplio porcentaje lucha por un objetivo en particular. Algunas sobresalen porque sus causas no buscan beneficios individuales, sino colectivos y enfocados en la sociedad. Conoce las historias de quienes hacen de su lucha una obra para el bien común.

La mujer ejerce un papel muy importante en la sociedad y ha demostrado que es capaz de enfrentar cualquier reto. Si bien enfrenta sacrificios, siempre busca el balance entre cada uno de sus roles para no rendirse.
Por ejemplo, en una Guatemala multiétnica hay alguien que vela porque se cumplan los derechos de los pueblos indígenas. Norma Sactic, coordinadora de mujeres mayas, garífunas y xincas, Conmagaxi, explica que el desafío apenas empieza, porque de las 20 iniciativas que existen en el Congreso de la República no hay ninguna ley aprobada.
Al hablar de la lucha contra la impunidad, Helen Mack se ha empeñado en lograr la reforma policial con el objetivo de superar ciertos prejuicios de abuso de poder y autoridad.
Por el lado de la justicia, el caso Siekavizza después de más de un año y todavía no resuelto, requiere de alguien que tome la batuta para darle seguimiento. María Fernanda Gallegos, de Voces por Cristina, menciona que es deprimente que a raíz de este caso salgan a luz las redes que fabrican pasaportes falsos, las de tráfico de órganos y la manipulación de pruebas en el Instituto Nacional de Ciencias Forenses de Guatemala, Inacif.
Romper el silencio y luchar por la no violencia contra la mujer es un tema que siempre está vigente. Norma Cruz, de la Fundación Sobrevivientes, menciona que hasta el 15 de agosto pasado, las autoridades reportaron 380 casos de muertes violentas de mujeres, según el Ministerio de Gobernación, por ello su causa es velar porque la población femenina guatemalteca no se quede callada, se proteja y denuncie.
Fomentar las artes también forma parte de la tarea por construir una cultura de paz. Geraldina Baca-Spross, de la Organización para las Artes Francisco Marroquín, expresa que la juventud guatemalteca no debe perder el interés y la sensibilidad por la música clásica y el ballet, pues son grandes manifestaciones que enriquecen el acervo cultural y al alma.
Incentivar a las nuevas generaciones a cuidar los recursos naturales del país y enseñarles a asumir la responsabilidad de sus prácticas hacia el ambiente es otra inspiración a una causa. Magalí Rey Rosa, ecologista, menciona que el sistema de vida que sostiene la tierra ya se desequilibró, por ende hay una crisis climática la cual nos afecta a todos por igual y requiere de alguien que tome el mando.
Conoce en la presente edición las historias de estas mujeres brillantes que han roto el silencio y destacado por su férrea lucha por una sociedad mejor.
S
on las tres de la mañana, las escrituras están listas. Solo debo revisar la información que en el día conseguí para seguir con la investigación y luego me iré a dormir unas dos horas. El miedo de los jueces y policías que deben llevar el caso se palpa a simple vista. Nadie quiere tomarlo y por ello debo sacarlo sola.
Unos meses atrás mis retos únicamente eran recuperar las cuentas morosas del colegio para el cual trabajaba, jugar volibol y terminar de hacer el libro para alfabetizar a personas adultas.
Ahora mi vida dio un giro rotundo porque asesinaron a mi hermana Myrna. Los desafíos comenzaron: primero debí entender y afrontar el dolor, luego encontrar al culpable y después ganar el caso de violación de derechos humanos.
Con todos los obstáculos ganar este caso es mi logro más preciado. Eso me inspira a involucrarme más en los temas de la inseguridad, pérdida de valores y derechos humanos. Mi esfuerzo es contribuir a la institucionalidad del Estado y velar por los derechos de los guatemaltecos. Por ello me involucré en la reforma policial para superar ciertos prejuicios de abuso de poder y autoridad. No obstante, la convicción es que sea una política de Estado y no solo de gobierno.
Con la Fundación Myrna Mack tengo el compromiso de ayudar a los necesitados en cuanto a violación de derechos humanos. En los últimos días la gente nos ve como un referente, por ello he recibido informes de muchos casos de extorsiones, desconfianza ante policías y tropiezos en la labor del Ministerio Público.
Ahora mi plan, desde la perspectiva de sociedad civil, es cambiar nuestra cultura de violencia. Las ciudadanas también debemos experimentar esa transformación y dejar los pensamientos conflictivos por una cultura de paz.
“Mamá hagamos algo para cambiar esta cultura de violencia”. Con esas palabras de mi hija decidí que aquella oficina donde apoyaba los casos de tierras se convertiría en un sitio para ayudar a mujeres víctimas de violencia sexual. Mi vieja computadora no se daba abasto a la hora de redactar las denuncias. Sin embargo, la falta de recurso económico me obligó a llevar la oficina a la sala de mi casa.
La necesidad de ayudar a los demás ha estado arraigada en mí desde la infancia. Mamá Milagros me cuidaba y cuando salíamos llevaba centavos extra, porque yo les daba dinero a todos los indigentes que encontrábamos en el camino.
También ser misionera en Cambur, Alta Verapaz, durante mi adolescencia y experimentar el terremoto de 1976, marcó mi espíritu. En ese entonces vivir en las galeras de la zona 5 para ayudar a los damnificados me hizo vulnerable.
Me solidarizo con las mujeres que buscan apoyo en la fundación, pues al igual que ellas he sufrido. Comprendo los sentimientos de un embarazo no planificado porque lo viví. A los 19 años conocí la maternidad, pero solo tuve la oportunidad de disfrutar al bebé en sus primeros cinco meses de vida porque luego falleció. Eso ha sido uno de los momentos más duros de mi vida, en especial porque estaba inmersa en el conflicto armado interno y luchaba por mi sociedad, sin tomar en cuenta que lo arriesgaba todo.
Nombrar a la fundación como sobrevivientes también es parte de mi realidad, pues me enfrenté al cáncer, pero logré vencerlo. A pesar de mis limitaciones de salud, tuve una hija.
Uno de mis logros a nivel social es haber promovido el anteproyecto para la Ley Nacional de Vivienda en Guatemala.
Durante muchos años me he esforzado por dar mi aporte en diferentes espacios. No obstante, el aprendizaje más grande y quizá el más doloroso fue que por querer ayudar a otros, no me percaté de que en casa mi propia hija era víctima de violencia sexual. Con 27 años de lucha por los derechos humanos de los demás, me tocó vivir el dolor en carne propia a través de su sufrimiento.
En la actualidad le he apostado a la calidad de tiempo, ya no a la cantidad. Hoy sé que no es lo material lo que te hace feliz, sino dar sin esperar nada a cambio. Lo único que necesito es decirles a mis hijos “los amo”.
Queremos a Cristina! Es lo que grito a viva voz frente a la Torre de Tribunales en un plantón para exigir que se evite el tráfico de influencias en el caso por la desaparición de Cristina Siekavizza.
La jornada terminó, pero todavía llego a la oficina para cumplir con las responsabilidades laborales que hoy desatendí. Contestar correos electrónicos con negociaciones en Latinoamérica para la empresa en la que trabajo me tomará largo rato. Luego mañana de madrugada estaré lista para ponerme en contacto con los clientes de Europa.
Así empieza y termina uno de mis tantos días, después de ser parte del grupo Voces por Cristina. Mi tiempo y mi vida personal cambiaron totalmente. Cuando no soy parte de las manifestaciones ayudo en el diseño de anuncios, vallas y productos que nos sirven para recaudar fondos económicos.
A pesar de que hace 16 años en mi grupo de promoción Cristina solo figuraba como una compañera de estudios y nunca fui de sus mejores amigas, hoy me involucré en la lucha por su búsqueda como si se tratara de mi hermana.
Es probable que la sensibilidad que tengo por el tema y mi solidaridad con su familia, sea porque he sentido el dolor de perder a un familiar. Cuando tenía 17 años mi madre murió y me tocó tomar la responsabilidad de cuidar a mis hermanas pequeñas.
Se vale llorar, pero el mundo gira y la vida sigue su curso. Hoy mi más grande logro es ver a mis hermanas superadas.
Me ha servido de impulso en algunas decisiones de mi vida que a los diez años ya practicaba equitación y eso implicaba que aun cuando fuera difícil, debía hacer pequeños y grandes saltos.
Al ser parte de esta lucha, a diario me enfrento con una sociedad que critica y no se involucra. Hay mafias y corrupción. Ver que después de un año las autoridades no tienen nada del caso es devastador. Ahora mi causa es exigir justicia, encontrar a los niños que continúan desaparecidos, darle cristiana sepultura a Cristina, si ese fuera el caso, y así cerrar ese círculo.
“Una golondrina no hace verano”, por ello quiero invitar a la juventud a que se una para hacer justicia de sus derechos. Estoy comprometida no solo con el caso, sino con mi país, tengo mucha esperanza y sé que esta realidad puede cambiar.
“Las mujeres indígenas mayas, garífunas y xincas necesitamos que se nos tenga en cuenta en los procesos políticos del Estado”, así me dicen a diario las mujeres que vienen de las comunidades para pedirme ayuda.
Cuando ya casi termina la jornada de trabajo a mí aún me quedan varias horas en la oficina. A media tarde me saldré una hora para ir a alimentar a mi bebé, pues mi retorno al hogar será entre la una y las dos de la madrugada. Debo elaborar los documentos para crear la política pública a favor de los pueblos indígenas.
Con esa rutina cotidiana participé en la creación del proceso de la política pública. Mi entrega a los procesos de ayuda para los pueblos indígenas se debe a que vengo de una madre maya poqomam y un padre maya kaqchikel.
Durante mi adolescencia ayudé a la asociación Qawinaquel en sus proyectos por velar que no se extinguieran las costumbres y el idioma de los niños indígenas de Palín.
Casi toda mi vida ha estado marcada por la actividad en procesos de gestión de algún proyecto social. Trabajar por un espacio nacional y conocer otros procesos de pueblos indígenas ha sido mi reto: temas de acceso a la tierra, lugares sagrados y todas las propuestas que siguen vigentes para pueblos indígenas son mi pasión.
Siempre me ha gustado trabajar por convicción. Sin embargo, para participar en esos espacios primero es necesario mostrar la capacidad para enfrentar esas dificultades. Por ello estudié derecho y tengo una maestría de cooperación para el desarrollo. Si bien es cierto mi área fuerte ha sido el tema de derechos de mujeres y de pueblos indígenas, me he involucrado mucho en políticas públicas.
He luchado contra viento y marea para impulsar procesos y reconocer realmente para qué sirven las herramientas del Estado, en función de las organizaciones de los pueblos indígenas. Con el fruto de ese esfuerzo ahora tenemos la agenda articulada de mujeres mayas, garífunas y xincas.
Uno de mis logros más grandes fue haber aportado en el proceso de la evaluación de la política pública de la mujer. La primera que se evalúa en Guatemala.
En esos procesos las dificultades son el racismo, discriminación y exclusión. No obstante, eso no fue obstáculo para pasar de la Defensoría de la Mujer Indígena al Congreso de la República, en donde mi labor era monitorear la agenda legislativa, durante tres años para Naciones Unidas. Todo siempre vinculado al tema de pueblos indígenas y temas económicos.
Hoy estoy a cargo de la Coordinadora de mujeres mayas, garífunas y xincas, precisamente para que se cumpla la agenda articulada que nos permita tener educación, pero con pertinencia cultural, y tener participación en espacios ganadores e involucrarnos en políticas públicas que reflejen la identidad étnica y lingüística.
Ser mamá, esposa y cuidadora de mi madre no es sencillo. Por ello mi lucha no termina, debo trasladar conocimientos a las generaciones futuras para que no se extingan los esfuerzos.
“Esta llamada es rápida y confidencial, me dijo. En Milpas Altas tienen en cautiverio a dos delfines. Se lo comparto para que busque ayuda y saque a la luz esta situación”. Al colgar el teléfono estoy desconcertada.
De inmediato me pongo en contacto con alguien de confianza y empezamos a investigar cómo atender a estos animales.
Cubrirles la piel con crema para escaldaduras era una de las acciones, en especial para que no se deshidraten durante el traslado, y hacerlo yo misma ha sido una de las experiencias más bellas de mi vida.
Luego la aventura de colocarlos en unas cajas de madera forradas especialmente para trasladarlos del cautiverio a la capital y luego llevarlos en helicópteros hacia Puerto Barrios. Sin duda ver en libertad a Turbo y Ariel ha sido una experiencia inexplicable como ambientalista, y es uno de mis grandes logros.
En el transcurrir de mi vida me he dado cuenta de que el amor por la naturaleza corre por mis venas. Para mí cuidarla no es un mérito, es una obligación y una responsabilidad. Por ello he luchado, aun cuando nuestra sociedad es machista y prejuiciosa. Por ejemplo, cuando logré la declaratoria de la Sierra de las Minas como Reserva de Biosfera, no tenía un solo centavo para realizar el proyecto. En ese entonces mi objetivo era demostrar que el lugar posee el 70 por ciento de toda la flora y fauna de Latinoamérica. Para ello tuve una reunión con expertos en las oficinas de gobierno, y cuando me vieron presentar el proyecto uno de ellos quiso mandarme a la cocina a prepararles café, pues asumían que no sabía nada. Frente al desplante me salí y renuncie a trabajar con ellos y tomé el tema por mi cuenta. Conseguí tres mil quetzales y mano de obra voluntaria, hasta lograr que el lugar se convirtiera en un área protegida.
Desde siempre he participado en movimientos de conservación. Fundé Defensores de la Naturaleza. Recuerdo que en una ocasión cuando buscaba la declaratoria de la Biosfera Visis Cabá, acudí a la oficina presidencial que en ese entonces era ocupada por Vinicio Cerezo. Yo llevaba a mi bebé entre un perraje, pues no tenía con quien dejarlo para que lo cuidaran. Los funcionarios me veían como algo extraño, incluso murmuraban e intercambiaban comentarios impertinentes.
Los sacrificios por la protección del ambiente debían hacerse y en la actualidad deben continuar. La debacle ambiental ya no la detenemos.
Fundar Madre Selva me lleva a trabajar para proteger el río Dulce. Hacerlo permitió que ahora sea un sitio donde no hay tránsito comercial, lo cual ha evitado que se convierta en una ruta para sacar en barco níquel y otros recursos del país.
El trabajo no ha sido sencillo, he tenido amenazas hasta de muerte. Cuando buscaba convertir en reserva dos bosques nubosos que son el hogar del quetzal llevaba conmigo a mis hijos pequeños. Tuve que esconderlos dentro de una tina porque llegaron a ametrallar el cuarto donde nos alojábamos.
He dado mucho por mi país y mientras tenga vida seguiré intentando. Uno de mis proyectos es formar la escuela de agricultura. La razón es que la labranza sana está siendo desplazada por la agroindustria, declarada enemiga del ambiente.
“Señora debemos suspender el evento y desalojar el teatro, ¡es una orden!”. A medio concierto esa llamada telefónica me pone nerviosa. La lluvia de arena del volcán Pacaya me lleva a cancelar la función que con tanto esfuerzo está planificada para hoy.
Como esa experiencia han sido varias a lo largo de mi carrera. Después de 29 años de la creación de la Organización para las Artes Francisco Marroquín, a pesar de las complicaciones hemos creado más de 1,800 eventos. Cada uno ha sido mi favorito, siempre creo que el mejor es el de hoy o tal vez el de mañana.
Con cuatro jornadas de trabajo al día, donde la última empieza a las diez de la noche y termina a la una de la madrugada, los esfuerzos me permitieron organizar los dos eventos más difíciles de mi carrera: uno, la producción de la ópera Lucía de Lammermoor y, el otro, la de I Puritani.
Desde siempre he cultivado mi sensibilidad por las artes y eso permite vencer el desafío más grande de este trabajo: mantener la calidad de los eventos y que el público quede siempre complacido.
Ese objetivo no es sencillo, pues para lograr que todo sea un éxito hay un gran trabajo de equipo. En algunas ocasiones se logra una buena empatía con los artistas, pero en otras no, y es cuando una debe saber dominarse.
Sin embargo, hay otros obstáculos como la falta de apoyo, comprensión y financiamiento a las artes. En la actualidad se atiende a los artistas de los medios masivos, sin considerar que las artes clásicas requieren del interés de todos, pues están vinculadas a la educación. Eso produce cierta frustración, pues el mundo joven no se da la oportunidad para conocer del arte y disfrutarlo.
Mis grandes obstáculos no son a nivel de espectáculo, sino saber combinar mi rol como madre, esposa y trabajadora.
Amo lo que hago y esa vinculación entre el trabajo y yo es producto de la sensibilidad que desde mi más tierna infancia pude cultivar por medio de la música y los estudios de piano.
Mis capacidades han dado frutos en otros campos de trabajo. Uno de los que me encantó fue el de las ciencias espaciales. No obstante, allí sentí cierto resentimiento masculino, en especial al trabajar con la NASA, con mi participación en el campo tecnológico.
Sueño con ser parte de una de las instituciones para la protección de animales. Además amo la naturaleza al grado que cuando tenga tiempo haré un recorrido por todo mi país, para conocer más de la flora y fauna.
Cada una de ellas con vidas e historias distintas, pero todas coincidiendo en un mismo lema: dejar su huella marcada para sentar un precedente e inspirar a las nuevas generaciones para construir una sociedad más humana.
Por Yeni Leiva
Fotos: Julieta Ordóñez y Paul Devaux; cortesía Fundación Myrna Mack, Fundación Sobrevivientes, María Fernanda Gallegos, Norma Sactic, Geraldina Baca-Spross
Fuentes: Hellen Mack, Fundación Mirna Mack. Norma Cruz, Fundación Sobrevivientes. María Fernanda Gallegos, Grupo Voces por Cristina. Norma Sactic, coordinadora de mujeres mayas, garífunas y xincas Conmagaxi. Magalí Rey Rosa, ambientalista. Geraldina Baca-Spross, Organización para Las Artes Francisco Marroquín.
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