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Un peligro silencioso: el hígado graso suele no ser descubierto

La mayoría de las personas tiene claro que el sobrepeso, la falta de movimiento y una alimentación poco sana pueden conducir a numerosas enfermedades.

Por: DPA

Sin embargo, un órgano que se ve gravemente afectado por estos hábitos todavía sigue siendo asociado por muchos con el consumo excesivo de alcohol: el hígado. Pero puede convertirse en graso. Cuando esto ocurre es apenas perceptible, pero puede tener graves consecuencias.

Tal cual dice su nombre, se trata de una acumulación excesiva de grasa en el hígado. El término médico especializado es esteatosis hepática. Se diferencia entre la enfermedad del hígado graso no alcohólico (EHGNA) y la enfermedad del hígado graso alcohólico (EHGA).

En el caso del hígado graso alcóholico, esto es más fácil de explicar: un consumo excesivo de alcohol. A su vez, en alrededor de tres cuartas partes de las personas con un hígado graso no alcohólico, este se produce por un síndrome metabólico: una combinación de sobrepeso, presión arterial alta y niveles elevados de grasa y azúcar en sangre.

En la restante cuarta parte de los enfermos, los motivos son otros: por ejemplo factores genéticos o determinadas enfermedades y, sobre todo, falta de movimiento.

“Independientemente de la alimentación, una actividad o una forma de vida sedentarias elevan el riesgo de padecer hígado graso”, subraya la profesora Elke Roeb, jefa del departamento de gastroenterología del Hospital Clínico Universitario Giessen y Marburgo (UKGM).

“Entre sus causas bastante nuevas está el consumo excesivo de la fructosa concentrada producida de manera industrial, que frecuentemente se encuentra en las bebidas”, manifiesta la presidenta del consejo de administración de la Fundación Alemana del Hígado.

Según aclara Roeb, un hígado graso simple no representa aún ningún peligro. Sin embargo, en muchos casos no se queda ahí, sino que el hígado graso puede inflamarse. Entonces los médicos hablan de la esteatohepatitis (NASH).

Y esta puede convertirse en una fibrosis hepática, que frecuentemente es seguida por una cirrosis hepática, o sea una cicatrización de gran parte del hígado. Entonces el hígado ya no puede trabajar correctamente. En el transcurso posterior de esta patología, una cirrosis puede conducir a cáncer de hígado.

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Pero el cáncer de hígado puede declararse también en un punto más temprano, explica Roeb: en el caso de un hígado graso no alcohólico, puede producirse un carcinoma también sin cirrosis.

Junto a las consecuencias para el hígado, con una esteatohepatitis aumenta la probabilidad de enfermedades cardiovasculares, al igual que el riesgo de tumores en todo el cuerpo.

Según explica Rainer Günther, jefe de Hepatología del Hospital Universitario de Kiel, las emergencias médicas también pueden ser el resultado de un hígado graso: “Si el hígado se endurece, la sangre ya no puede fluir a través de él y se acumula delante. Esto a su vez conduce a menudo a las varices en el esófago”, explica.

En caso de una hemorragia, el enfermo perderá rápidamente mucha sangre y existe el riesgo de que se produzca una hemorragia interna hasta desangrarse.

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¿Cuáles son los síntomas o las señales de advertencia de un hígado graso? Lamentablemente no las hay. “El hígado no ocasiona dolor”, indica Günther.

Un cansancio diurno pronunciado puede, pero no necesariamente tiene que ser, un indicio. Esa es una de las razones por las cuales Günther desarrolló en conjunto con otros colegas un test para el hígado. Mediante este cuestionario, los interesados pueden determinar su propio riesgo y, de ser necesario, recurrir al médico para que explique el resultado.

Según Elke Roeb, el hígado graso suele ser un hallazgo fortuito. Sin embargo, también hay métodos de diagnóstico como el método CAP o la elastografía.

¿Cuál es el tratamiento para el hígado graso? Puede ser contrarrestado sobre todo bajando de peso, aumentando el movimiento y con una alimentación sana y reducida en calorías. “Por lo general luego de seis meses ya se observan resultados”, comenta Rainer Günther. Actualmente no existen medicamentos para tratarlo.

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También ahora se emplea un stent, una especie de pequeño tubo, que es introducido en el hígado. “En caso que el hígado se encuentre severamente dañado, por ejemplo por una cirrosis o un cáncer, entonces ya solamente queda la opción de un transplante”, añade Günther.

dpa