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“¡Yo primero!”: De la eterna pelea entre hermanos a formar un equipo

Cuando Katharina Nachtsheim relata sus vivencias diarias en la mesa de desayuno se ríe por lo absurdo que parece todo.

Por Anja Meyer (dpa)

En realidad, todo podría ser pacífico, dice. Pero su hija mayor, de ocho años, quiere desesperadamente beber de la taza azul que ahora tiene su hermano, de 5. Así se desata la primera pelea del día. Y la situación no mejorará a lo largo del día. 

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“Se trata de todo lo que les parece injusto”, afirma Nachtsheim, que creó junto a una amiga un blog sobre temas familiares.

¿Quién tiene más jugo en el vaso? ¿Quién tiene más dulces y, particularmente, de qué color? “Estas son situaciones en las que nosotros, como padres, nos agarramos la cabeza”, dice Nachtsheim. A la hija más pequeña, de dos años, se le perdonan muchas cosas. “Pero las discusiones entre los más grandes son realmente molestas”, afirma. 

Casi todos los padres conocen lo que describe esta madre de tres niños. Durante la infancia, los hermanos se convierten en la vida diaria en rivales. Y cuanto más pequeños son, más seguido sucede. Según diversos estudios, los hermanos suelen pelear un promedio de seis veces por hora. 

Las discusiones entre hermanos en general tienen un solo fin: llamar la atención de los padres, señala Nicola Schmidt, autora del libro “Hermanos como equipo”. 

Schmidt se inspiró en estrategias educativas de psicólogos estadounidenses y las puso a prueba con sus propios hijos, hoy de siete y diez años. “Lo más importante es que los padres no se conviertan en árbitros de la situación”, apunta la autora. 

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“Preguntas como ‘¿quién lo hizo?’ o sentencias como ‘el más inteligente es el que cede’ sólo llevan a mayor disputa y estrés”, alerta. Pero es justo así como reaccionan comúnmente los padres cuando los niños pelean, como la propia Schmidt también lo hacía antes. 

Hoy, Nicola Schmidt habla con sus hijos sobre la discusión sin querer hallar un culpable. “Soy la asesora de conflictos de mis hijos”, sostiene. Cada uno tiene la posibilidad de expresar cómo se siente. ¿Qué ha pasado? ¿Qué te generó esto? ¿Qué podemos hacer ahora para que haya paz? Con este tipo de preguntas la madre elabora junto a sus hijos posibles soluciones al conflicto. Una sola reacción positiva al día puede tener mucho impacto.  

El debate de los conflictos durante el último año y medio ha llevado a los hijos de Nicola Schmidt a conformar un equipo de hermanos más fuerte.

“Naturalmente, mis hijos siguen discutiendo. Pero redujeron sus reacciones de venganza, frustración e ira”, celebra. No se debate más quién es el primero o quién recibe más. “Mientras tanto, mis niños discuten sobre temas más de adultos, como por ejemplo que alguien no ha podido disculparse”. 

Schmidt valora especialmente que pueda confiar en sus hijos como equipo.

Un ejemplo: La familia suele viajar seguido en tren. Cuando es el turno de descender, los niños prestan atención a sus hermanos. 

La hija más pequeña aún tarda mucho a la hora de vestirse o de empacar sus juguetes, por eso suele ayudarla su hermano mayor y ella se lo agradece. Él la deja ir adelante en el pasillo, mientras ella piensa en el cable cargador de su hermano. Así manejan juntos la estresante situación de bajar del tren. “Puedo confiar en que se mantienen unidos”, expresa Schmidt. 

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Una terapeuta de familia confirma la teoría. “La mejor forma en que los padres pueden poner fin a las peleas es cuando ellos escuchan a sus hijos con empatía y a la altura de sus ojos”, sostiene Tatiana Schildt.

La experta conoce sólo una situación en la que los hermanos discuten menos: cuando sus padres se separan.

Esto representa una amenaza para los niños, y la relación entre hermanos es lo único que permanece estable, y por ello seguro, dentro de la familia. “Entonces la rivalidad en general retrocede y se genera un sentimiento de apego entre los niños”, subraya la terapeuta. 

dpa